ANCIANO SANO/ANCIANO ENFERMO

 

  

            Tanto la salud como la enfermedad están relacionadas con la estructura de la sociedad. La forma en que la sociedad está organizada y estructurada tiene una influencia significativa en el tipo y distribución de las enfermedades.

 

            Para establecer la conexión entre la estructura social y la salud y la enfermedad, debemos investigar la forma en que factores sociales de la importancia de la política económica, la estructura de las organizaciones, la distribución de los recursos y el uso del poder político, económico y social afectan a la salud y la enfermedad así como la respuesta social a tales fenómenos.

 

            Los conceptos de enfermedad y salud son culturales y tienen una representación diferente en cada comunidad y cultura a lo largo de la historia. La enfermedad es un suceso tan antiguo como el mismo ser humano. Desde una perspectiva funcional, la enfermedad no afecta únicamente a un individuo aislado, sino que es un proceso que afecta a la sociedad en su totalidad en tanto que merma su potencial, rompe su frágil organización y origina procesos de desintegración social.

 

            La salud y la enfermedad se encuentran entre los fenómenos socio-culturales más antiguos de la sociedad humana. Es tal su importancia que existe la tendencia a analizarlos como expresión de la vida humana, en concreto como expresión del proceso de adaptación del ser humano a una naturaleza y ambiente hostiles.

 

            La enfermedad genera diferencias entre la persona enferma y la sana al ser fuente de dolor e incomodidades, y básicamente al crear serios obstáculos para el pleno disfrute de la vida.

 

            La enfermedad no se distribuye sobre la  población de una forma regular. Ciertos grupos están enfermos más a menudo y algunos grupos de población mueren en proporciones más elevadas que otros. Las diferencias en mortalidad y esperanza de vida entre diversos grupos de población han sido observadas durante siglos.

 

            La vejez ha sido una etapa de la vida del hombre que ha hecho reflexionar y ha provocado sentimientos contradictorios. Ya Cicerón, en el año 44 a. de C. decía de la vejez: “Todos los hombres aspiran alcanzarla, sólo para clamar después contra ella cuando la han logrado. ¡Así de voluble y de perversa es la insensatez humana!”. De esta época de esplendor del Imperio romano y, ya anteriormente, de la cultura helénica hemos heredado normativas médicas y filosóficas referidas a la ancianidad, y gran número de vocablos, como geron-gerontos (viejo, anciano). En este vocablo está el origen de los términos geriatría y gerontología.

 

            En los últimos cien años la ancianidad se ha convertido en un problema social importante. La sociedad no estaba acostumbrada a que un porcentaje tan alto de la población, cada día creciente, fuese de edad tan avanzada. No existían los largos cuidados de salud para el anciano, no existía apenas, aunque tanto se alude a ella, la convivencia trigeneracional o incluso cuatrigeneracional.

 

Uno de los puntos que preocupa especialmente a nuestra sociedad es que, dado que los ancianos son  un colectivo de “no activos” que deben ser alimentados por el grupo de “activos”, la relación numérica entre ambos es proporcionalmente desfavorable, cada día más, para el segundo grupo.

 

            Pero la sociedad también preocupa a los propios ancianos, ya que son ellos los que reciben gran parte de las consecuencias negativas del hecho. Los ancianos no han creado el problema de la ancianidad, son parte de él. Asumir este hecho y poner los medios para que los individuos consigan vivir una vida plena y satisfactoria a cualquier edad es tarea de todos los individuos integrantes de un grupo determinado.

 

            En el análisis de la historia de las civilizaciones se demuestra que el anciano casi siempre ha sido despreciado, o al menos soportado oficialmente y criticado en realidad, lo que pone de manifiesto que las condiciones socioculturales han propiciado diferentes formas y fundamentos de cuidados dispensados a los ancianos.

 

            Desde la perspectiva del adulto, cuando se habla de anciano viene a la imaginación una persona “vieja” con determinadas características: con arrugas, canosa, encorvada, lenta, etc. La calificación de “anciano” o “viejo” aplicada a los individuos, es relativa. La edad efectiva de una persona puede establecerse teniendo en cuenta diversas consideraciones que nos permiten diferenciar:  

 

·        edad cronológica, representa el número de años transcurridos desde el momento del nacimiento de un individuo; es lo que determina la vejez de forma más simple.

·        edad fisiológica. El estado de funcionamiento orgánico es el que determina en los individuos su edad biológica y, por tanto, el grado de funcionalidad y de deterioro de sus órganos y tejidos.

·        edad psíquica, es difícil de establecer las diferencias a nivel psíquico entre los individuos de edad madura y los individuos ancianos; tan sólo se podrá diferenciar por los efectos psicológicos que el paso de los años represente para cada uno de ellos.

·        edad social, establece y designa el rol individual que se debe desempeñar en la sociedad en que cada individuo se desenvuelve.

 

            El envejecimiento es un proceso universal que afecta a todos los seres vivos. Desde el mismo momento de nacer se inicia un proceso continuo, denominado senescencia por Bourlière, que presenta una serie de modificaciones orgánicas y funcionales. Éstas se manifiestan gradualmente a lo largo de la vida y con variaciones en su aparición, según el medio ambiente en el que se desarrolle el individuo y sus condiciones y calidad de vida. Es decir, el envejecimiento es un fenómeno individual, que, aunque conocido, sorprende cuando se evidencia en uno mismo, porque nadie envejece por otro.

 

            La concepción popular de la vejez suele asumir de forma indiscriminada la relación entre este proceso y la muerte, la enfermedad, la dependencia, la soledad, una menor capacidad adquisitiva y la pérdida de estatus, todo ello directamente asociado a una situación de vida totalmente negativa y contrapuesta a todos los valores considerados como positivos: juventud, trabajo, riqueza, etc. Por tanto, y desde esta perspectiva, el envejecer iría en contra de la “felicidad” del hombre. Evidentemente, la alternativa a este planteamiento debe partir de la propia sociedad: los individuos componentes de los grupos sociales deben diseñar y resolver proyectos de vida más amplios en los que tengan cabida diferentes concepciones de los valores y de la propia vida, para ser capaces de desarrollar nuevos códigos relacionales y, por tanto, para que cada uno de estos individuos tenga oportunidad de vivir pudiendo satisfacer sus aspiraciones y necesidades.

 

            El proceso de envejecimiento no puede plantearse de forma comparativa con otras fases del desarrollo del hombre. Es importante tener en cuenta que las diferencias intrageneracionales cambiarán las características del colectivo de ancianos en épocas distintas. Las fórmulas que son válidas para los ancianos actuales pueden no serlo para los ancianos futuros ya que las condiciones y características de vida de unos y otros diferirán enormemente (valores culturales, alimentación, ambiente, enfermedades, etc.).

 

            El envejecimiento es un proceso de transformación progresivo e irreversible y, debe considerarse tanto un acontecimiento individual como un fenómeno colectivo.

 

            La concepción de la salud que plantea una visión sistémica, considera al individuo como un elemento integrante de un todo y, a la vez, como un conjunto de elementos que interactúan para conseguir un objetivo común: el equilibrio. Este “todo” no es más que la suma de los elementos, y la interacción armónica de todos ellos permitirá al individuo mantenerse en salud.

 

            En el  hombre, a lo largo del proceso de envejecimiento y debido a la propia evolución biológica, se producen unos cambios considerados “normales”, que será preciso conocer para diferenciarlos de cualquier proceso capaz de alterar su salud. Estas modificaciones constituyen uno de los principales motivos de atención de las personas que cuidan a los ancianos, ya que cualquier pequeña causa es capaz de romper “el equilibrio funcional” individual, dejando al anciano en una situación de inestabilidad o fragilidad para algunos autores.

 

            Los cambios anatomofisiológicos que se producen a lo largo del desarrollo del hombre se inician al mismo tiempo que la propia vida y se hacen palpables de forma muy notable en los primeros años de existencia. Sin embargo, los cambios asociados al envejecimiento se inician de forma poco aparente, para exteriorizarse poco a poco. Todo esto requiere un ajuste y adaptación orgánica de cada individuo que le permita mantenerse en salud, lo que determinará, respectivamente, su capacidad de resistencia y adaptación. Los requerimientos individuales para resolver las necesidades de la vida cotidiana son distintos y están sujetos a las incapacidades o limitaciones personales para funcionar de forma independiente. Se puede hablar entonces del nivel funcional óptimo como aquel que permite al anciano ser lo más independiente posible.

 

            Atendiendo a este planteamiento, es preceptivo analizar los cambios que se producen en el envejecimiento para que su conocimiento permita identificar las posibles limitaciones consecuentes, responsables de la disminución de las capacidades funcionales, y diferenciarlas de situaciones de enfermedad. Así, se puede definir al anciano sano como “aquel sujeto con alteraciones funcionales, al límite entre lo normal y lo patológico, en equilibrio inestable y con adaptación de los trabajos funcionales a sus posibilidades reales de rendimiento”.

 

            Todas las modificaciones que acompañan al organismo humano a lo largo de este proceso repercuten en la expresión de las necesidades individuales, que, aunque, como hemos dicho, son las mismas en esencia que en el adulto, difieren en su forma de expresión y especialmente en la forma de satisfacerlas, ya que el autoconcepto, los hábitos de vida y los conocimientos que el anciano tenga sobre su salud serán premisas fundamentales que condicionarán su capacidad de respuesta.

 

            La conciencia y posterior aceptación de esta mutación orgánica y funcional, inherente al proceso de envejecimiento, ayudará al individuo a asumir sus déficit y a no plantearse expectativas de respuesta más allá de sus capacidades funcionales.

 

            Las conductas que desarrolla el anciano para desenvolverse en las actividades de la vida cotidiana generan una demanda específica y diferente de la expresada por el mismo individuo en cualquier otra etapa de su vida. La relatividad de lo “necesario” alcanza en geriatría una dimensión distinta y hace que requiera profundizar en el conocimiento del individuo anciano en toda su expresión. Así, la dualidad carencia/demanda de cuidados se convierte en una cuestión extremadamente delicada y en la que intervendrán tres factores básicos: las aptitudes individuales, el entorno y el nivel de desarrollo alcanzado por el individuo, determinando el aceptar o no el proceso de envejecimiento como una nueva etapa del ciclo vital, por tanto podemos afirmar que la relación dependencia/independencia está condicionada a los recursos individuales.

 

            Se considerará “anciano independiente” aquel que es capaz de solucionar las dificultades que le presentan las actividades de la vida cotidiana, y “anciano dependiente” aquel que es incapaz de resolver las dificultades que le genera la actividad cotidiana. Así, el anciano independiente utilizará los recursos de que disponga o que tenga a su alcance (propios o comunitarios), para satisfacer sus necesidades vitales, mientras que el anciano dependiente no será capaz de ello.

 

            La consideración biopsicosocial del hombre y la influencia que el paso del tiempo tiene sobre él nos llevan a plantear los cambios que se producen a lo largo del proceso de envejecimiento desde tres perspectivas: cambios biológicos, cambios psíquicos y cambios sociales; éstos en su conjunto caracterizarán el perfil del anciano e influirán en la satisfacción de sus necesidades. Por ello, el proceso seguido para abordar el tema parte de la explicación somera de tales cambios, y de la influencia de éstos en las necesidades básicas.

 

·        Cambios biológicos. Desde esta perspectiva se analizan los cambios en la estructura anatomofisiológica del organismo: el envejecimiento de las capacidades físicas y sus limitaciones asociadas (ser viejo).

·        Cambios psíquicos. Incluyen los cambios de comportamiento, la autopercepción y las reacciones frente al fenómeno del envejecer propio y ajeno, los problemas de la relación con los demás y los conflictos, creencias y valores del propio individuo y de su visión de la vida y de la muerte (sentirse viejo).

·        Cambios sociales. Estudia la dimensión del rol del anciano en la sociedad, desde la concepción individual hasta el papel del grupo de ancianos en la propia comunidad (ser considerado viejo).

 

Los cambios biológicos, psíquicos y sociales que se producen en los individuos a lo largo del proceso de envejecimiento influyen de forma directa en la resolución de las necesidades del anciano, condicionando en su satisfacción la dependencia o la independencia. La intervención e implicación de factores de índole biopsicosocial hacen difícil la delimitación del término independencia en el anciano; sin embargo, y remitiéndonos a los conceptos desarrollados con anterioridad, se considera que él “estado óptimo funcional” es aquel que permite un mantenimiento del equilibrio funcional y adapta las capacidades o limitaciones individuales a las propias necesidades.

            Para dar respuesta a las necesidades del anciano es preciso conocerlas y saber aquello que es capaz de realizar por sí solo y aquello que, con un mínimo de ayuda, le permitirá funcionar de forma autónoma, teniendo en cuenta que cada individuo establecerá su jerarquía según su escala de valores. Los cuidados, por tanto, deberán adaptarse a la idiosincrasia del individuo a quien vayan dirigidos.

 

            El análisis de las necesidades del anciano pasa por tener en cuenta:

 

·        Los cambios fisiológicos inherentes al proceso de envejecimiento.

·        Las manifestaciones que determinarán la capacidad de independencia del propio anciano.

·        Los factores (físicos, psíquicos y sociales) capaces de intervenir en la satisfacción de las necesidades y que condicionarán la autonomía del anciano hasta tal punto que el estado físico será responsable de que el anciano “pueda hacer”, el estado psíquico será condición indispensable para que el anciano “quiera hacer” y la situación social le “permitirá hacer”, siendo el conjunto de ellos el motor que le hará actuar de forma independiente.

·        Los principios en que debe basarse la actuación para potenciar o ayudar al anciano en el mantenimiento de su independencia.

·        Y en contraposición, se analizará el planteamiento de las manifestaciones de dependencia dando una visión de todos aquellos problemas que convierten al anciano en individuo necesitado de cuidados.

 

De lo anteriormente expuesto, se deduce que de ningún modo la vejez puede ser considerada como una causa morbosa originaria de enfermedad, pero sí hace vulnerable al anciano frente a cualquier noxa etiopatogénica. Así, se diferencia el envejecimiento fisiológico de cualquier proceso patológico asociado a la vejez. En el primero las modificaciones consecuentes se producen dentro de los límites aceptados en función de la edad del individuo permitiéndole en todo momento una buena adaptación física, psíquica y social al medio que le rodea. Por el contrario, el envejecimiento se convierte en un proceso patológico cuando las desviaciones del estado fisiológico son de tal naturaleza que alteran los límites de la normalidad e impiden o dificultan la correspondiente adaptación.

 

            Los principales procesos morbosos que afectan a los senectos no  difieren fundamentalmente de las otras cohortes. Son pocas las enfermedades propias de la vejez. De hecho, las enfermedades que padecen los ancianos son evidenciables ya en edades inferiores a los 65 años. Así, ciertas afecciones que se presentan con gran incidencia en las personas mayores se inician a causa del deterioro funcional y orgánico que comporta el proceso de envejecimiento en la edad madura. También y no pocas veces, como sucede en otros grupos de edad, pueden desarrollarse enfermedades adquiridas no constitucionales, muy remediables y de ninguna manera atribuibles al deterioro inherente al envejecimiento.

 

            El anciano, que, como ya hemos señalado, se encuentra en una situación de equilibrio inestable, frente a cualquier noxa desestabilizadora puede devenir una persona enferma, necesitada y, por su idiosincrasia, percibir y expresar su enfermedad de una forma peculiar, singular y atípica.

 

            El anciano, como ser humano, puede verse afectado por cualquiera de las enfermedades que padece la humanidad. En tal caso el anciano puede padecer su enfermedad con las mismas manifestaciones con que dicha afección se presenta en otros grupos de edad, o padecerla con pocas variaciones sustanciales y presentar, por tanto, las mismas necesidades de atención que hubieran podido surgir en una época anterior. Así, no necesariamente requiere atención especializada (geriátrica), a no ser que se vea desestabilizada su capacidad de respuesta frente a la hipotética enfermedad. Ello depende en su mayor parte, de la conservación y funcionalidad de los órganos efectores y reguladores que permiten la adaptación del organismo al factor desestabilizador. La pérdida de la capacidad de respuesta frente a la agresión favorece la permanencia de la enfermedad y la presencia de sus efectos consecuentes, lo cual hará del anciano, por lo general, una persona susceptible de atención continuada y permanente.

 

            La salud y la enfermedad no son constantes ni absolutas. En realidad, deben considerarse como un continuum entre una situación de tan poca salud que la muerte es inminente y otra de alto bienestar. Son, pues, etapas relativas y su significado es diferente según las personas.

 

            Es difícil medir la salud de los ancianos, ya que estas mediciones se ven afectadas por definiciones y métodos de valoración, actitudes culturales ante el envejecimiento, prejuicios y la disponibilidad de los servicios de atención a la salud. Los datos más representativos, desde una óptica profesionalizada, proceden mayoritariamente de estadísticas de mortalidad, de utilización de los servicios de salud, de diagnósticos de salida de centros asistenciales y de informes médicos. No obstante, en los estudios globales de salud debe tenerse en cuenta la evaluación subjetiva de los sujetos de estudio como indicador básico.

 

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