LOS CINCO GUISOS DE LOS CINCO AMIGOS

 

 

            El parque Genovés de Cádiz es un sitio muy bonito, con muchos árboles distintos, muchos escondites, un pequeño lago con patos, columpios y mucho espacio para jugar, ir en bicicleta o patinar. En primavera, cuando hace menos frío y la noche tarda más en llegar, aparecen flores muy bonitas, y los niños acompañados de sus padres o sus abuelos juegan allí al salir del colegio.

 

            Uno de los niños que iba casi todas las tardes a jugar al parque Genovés con su abuelo, era Juan que tenía siete años, y junto a varios amiguitos de su edad compañeros de clase, jugaban un día al escondite, otro con los patines o daban de comer gusanitos de paquete y pan a los patos. Juan había nacido en Cádiz como toda su familia, le gustaban las chirigotas, el fútbol, los dibujitos de los Lunnis y sus comidas favoritas eran los espaguetis y el puchero.

 

            Juan iba a un cole que estaba cerca de su casa y desde el año anterior, cuando tenía seis años, jugaba sobre todo con cuatro compañeros de clase: Alberto, David, Hasam y Lorena. Los cinco amigos se lo pasaban muy bien, celebraban juntos los cumpleaños, se encontraban en el parque y compartían casi todos los juguetes y las chuches.

 

            De todos ellos quien mejor jugaba al fútbol era Lorena, siempre les regateaba y metía gol. Para ellos era la mejor de todas las chicas, porque no estaba todo el día peleando y con las muñecas. Lorena era muy morena, también había nacido en Cádiz como Juan y su abuelo decía que era una gitanilla muy graciosa, Juan no entendía muy bien eso de que era gitana, pero había quedado conforme al escuchar de su papá que su familia tenía algunas costumbres distintas a las suyas. Lorena iba al parque con su abuelo, que era también muy moreno y siempre llevaba puesto un sombrero muy bonito y un pañuelo al cuello, el fue quien aficionó a toda la pandilla de amigos a una merienda muy especial, un bollito de pan al que hacía un hoyito y ponía un chorrito de aceite de oliva y un poco de azúcar, decía que daba energía para jugar mucho rato.  

 

            El que corría más rápido y saltaba más alto de todos era Hasam, cuando jugaban al escondite siempre ganaba, Lorena decía que tenía las piernas muy largas y por eso llegaba antes a liberar en el árbol a todos los demás. Hasam era el más moreno de todos, era casi negro, tenía el pelo lleno de ricitos muy graciosos y había nacido en Cádiz, pero sus padres eran de Marruecos, el no comía chorizo ni salchichón, porque la religión y las costumbres de sus padres le prohibían comer carne de cerdo. La seño el día que llegó a clase les explicó a todos que Marruecos estaba en África, y que era un país que estaba pasado el mar pero muy cerca de nosotros. Hasam decía que en su país no, pero Alberto había visto una película en la tele que contaba que en África vivían los leones, las jirafas y los elefantes.   

 

Alberto era de Madrid, que es la capital de España y está a muchos kilómetros de Cádiz, todos los días cuando pasaban de camino al parque se paraba a mirar el mar, decía que le gustaba tanto porque en Madrid no podía verlo, pero Juan no creía que pudiera ocurrir algo tan extraño. Tenía el pelo rubio, los ojos azules y hablaba muy raro, siempre usaba palabras que terminaban en la letra S, “no lesss dessss masss gusanitossss a los patossssss que vassss a empacharlossss”, dijo el otro día y se rieron todos muchísimo. Siempre le acompañaba al parque su madre y su hermana mayor.

 

            David, el quinto de los amigos, era el que mejor conocía los números y las letras, el que mejor leía, sumaba y restaba, cuando no sabían alguna cosa y no tenían algún mayor cerca, siempre le preguntaban a él. Era un poco mayor que los demás y el que mejor inventaba juegos y otras cosas divertidas. Al parque iba con su padre y su hermano más pequeño. El padre de David siempre llevaba un platito negro pequeño puesto del revés en la cabeza, el abuelo de Lorena decía que se lo ponía porque era una costumbre de los Judíos y que sus abuelos vivían en Israel, que es un país que está muy lejos de España, mucho más que Marruecos y Madrid, por eso no los acompañaban nunca al parque ni lo recogían en el colegio.

 

            Un lunes de primavera, la seño en el cole, les dijo que dedicarían esa semana a hablar y hacer dibujos sobre la comida buena para los niños, que desayunarían todos los días con pan, aceite de oliva y alguna fruta que les gustara, el viernes habría una fiesta con magos, cuentacuentos y un concurso de comidas hechas en casa junto a las mamas, los papas y los abuelos.

 

Esos días, les contaron que en la mayoría de los países que rodean al mar mediterráneo, entre los que estaban España, Israel y Marruecos, se comía desde hace mucho tiempo de forma parecida,  y que esa comida era muy buena para no tener enfermedades. Que los pastelitos que se compraban en paquetes, las pizzas congeladas, las patatas fritas, las hamburguesas, las salchichas, y casi toda la comida que se compraba ya preparada en la calle, no debían comerse mucho. Que era mejor comer  los guisos que se hacen en casa, como el puchero y el pescado. Les pusieron también un triángulo con pisos, donde en la parte más pequeña, en la punta de arriba, estaba la comida que debía de comerse menos veces en la semana, como la carne, y abajo en la parte mas grande, la que más veces como verdura (tomate, pimiento lechuga), fruta, leche y pan. Hicieron muchos dibujos donde aparecían frutas, verduras y pescados, Juan hizo uno muy chuli donde pintó un parque en el que jugaban a los columpios los pimientos, tomates, zanahorias, naranjas y muchas frutas, todas con piernas y brazos.

 

Y por fin llegó el viernes, durante toda la semana las familias de los niños habían hablado del concurso de comidas, Lorena había escuchado a su mamá que llevaría una “berza”, a ella le gustaba mucho porque en su casa se comía todas las semanas, pero los demás niños no sabían lo que era.  David no sabía lo que llevarían sus papás, pero habían llamado por teléfono a su abuela a Israel para que les diera una receta. Alberto quería que su mamá hiciera una tortilla, pero ella decía que mejor un cocido madrileño. Nadie sabía lo que haría la familia de Hasam porque no hablaban mucho, pero Juan había pedido en casa que prepararan un puchero, como su abuelo decía “con to sus avíos”. Los amiguitos hablaban sobre todo del premio, un balón de los buenos firmado por los jugadores del Cádiz.

 

             A las doce de la mañana comenzaron a llegar las familias, los niños con la seño, ya habían preparado la clase adornándola con los dibujos hechos durante la semana, poniendo todas las sillas pegadas a la pared y las mesas en el centro. Poco a poco las mesas se fueron llenando de ollas y bandejas con las distintas comidas, a cada una le habían colocado delante un letrero que contaba el nombre del guiso y los ingredientes que llevaba. Había guisos de pescado con patatas, ensaladas con lechuga, ensaladillas, pasteles de carne y verduras, pero la sorpresa para todos fue enorme cuando se destaparon las ollas con los guisos que llevaron las familias de los cinco amigos.

 

Lorena y su abuelo destaparon una olla de barro y su cartel ponía en grande BERZA GITANA, este cocido tenía garbanzos y habichuelas, unos trozos de carnes de ternera y de cerdo, patatas, cominos, muchas verduras y aceite de oliva. El PUCHERO de la familia de Juan, tenía cosas parecidas, pero olía y sabía distinto porque no llevaba cominos y tenía otras verduras. El COCIDO MADRILEÑO de Alberto era muy parecido a la berza de Lorena pero sin habichuelas ni comino y tenía además chorizo y morcilla.  

 

Hasam estaba delante de una olla con un papel que ponía en grande HARIRA, los ingredientes con los que estaba preparada eran cebolla, tomate, garbanzos, lentejas, verduras, fideos, carne de ternera, aceite de oliva y muchas especias, que son unas hierbas que ponen en Marruecos a la comida para darle sabor. Todos tenían mucha curiosidad por ver lo que traía David, sabían que su receta venía de muy lejos y que sus padres le habían preparado una sorpresa especial, él y su madre colocaron la olla y su letrero que ponía ADAFINA: guiso de Israel con verduras, garbanzos, cordero y canela. Justo cuando terminaron de colocar su comida, entraron el padre de David y sus abuelos que acababan de llegar en avión, que sorpresa para todos.    

 

            Cuando terminaron de comer, la seño Luisa dio las gracias a los padres y abuelos, luego dijo a los niños, que el mejor ejemplo que podían tener de lo que les había intentado explicar durante la semana, era la comida que cada familia había llevado para compartir ese día, y que no existe comida más sana que la comida hecha en casa como la hacían nuestros abuelos.

 

            ¡Ah!, olvidaba contaros que el día siguiente en el Parque Genovés fue un día grande para los cinco amigos, porque jugaron al fútbol con un balón nuevo, seguro que adivináis de donde salió.  

             

                                         Julio de la Torre Fernández-Trujillo

 

 

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