LA NEGRA SEÑORA

 

 

            Hace unos días reflexionaba con un gran amigo enfermero como yo, sobre la muerte, esa avejentada y anoréxica señora, que vestida de jirones negros de trapo se nos ofrece o se nos impone a los seres humanos, empuñando con fuerza impropia de su aparente debilidad una enorme guadaña. Llegábamos a la conclusión después de largo rato de conversación, que su presencia extrasanitaria nos produce generalmente dos sentimientos inquietantes, egoismo y miedo.

 

            El primero, más que egoismo literal, es una sensación parecida a la que deja el urto en la victima de este. Desde pequeños, se desarrolla en los seres humanos un sentimiento de pertenencia que a medida que vamos siendo mayores refinamos, del categórico “este objeto es mío” acompañado del gesto que lleva a esconderlo para que no nos lo quiten, pasamos a enseñarlo abiertamente para que los demás lo vean, incluso a prestarlo o regalarlo ante el deseo de otro por poseerlo o utilizarlo, pero siempre partiendo de la base de la posesión y la voluntariedad en la dádiva. La muerte sin embargo, se presenta como un ladrón de guante negro que nos arrebata el disfrute de la presencia presente o futura de la persona querida, dejando el lugar que ocupaba lleno de vacío, un vacío que se percibe siempre y algunas veces se nos impone eclipsando todo lo que nos rodea.

 

            El segundo sentimiento es el miedo, este aparece sobre todo cuando la realidad cruda nos hace caer en la cuenta de que el fin existe, de que los que te rodean morirán y tu también. Llegados a este punto, nos han construido o nos hemos inventado, cada cual se quede con lo que más le guste,  una serie de lugares mas o menos atractivos para mitigar ese miedo, el cielo, el jardín de las huríes, los campos celestes, nos ayudan a pensar en esa transición como lo hacen los emigrantes, con la desconfianza que genera lo desconocido, pero expectantes ante un mundo nuevo y mejor que nos abre las puertas.

 

            Nosotros como profesionales sanitarios, dado que vemos frecuentemente a esta negra señora pasear por nuestro lugar de trabajo, detenerse curiosa y atenta a nuestro lado o convencer hábilmente a algún paciente para que le acompañe, creemos conocerla, pero no nos damos cuenta que nuestro atuendo blanco distorsiona su imagen, y hasta que nos despojamos de él y nos roza con sus jirones de trapo, no percibimos con nitidez su verdadero rostro, por esto aunque nos creamos inmunes, invariablemente nos sorprende como a cualquier hijo de vecino.

 

Julio de la Torre Fernández-Trujillo

 

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