28/12/2011 Navidades en Madrid: Añoranza del Madrid gastronómico de mi juventud.

 

 

Igual que al Madrileño suele gustarle Cádiz y su provincia, al gaditano suele gustarle Madrid. Para mi fue siempre un lugar de cortas vacaciones y probablemente una de las primeras grandes ciudades que visité. Desde muy joven me gustaba especialmente los días que pasaba en Madrid durante las navidades, primero algunos años con mis padres, después con una novia madrileña que tenía casa de veraneo en Cádiz y correspondía visitándola en la capital para pasar fin de año y reyes, tras trece años de relación la cosa no cuajó, pero aún recuerdo con cariño esos días donde los paseos por el Retiro y las compras por Callao y Preciados, se mezclaban con los desayunos de chocolate y porras en la cafetería Diamante, el bacalao de Casa Labra o los vinos abocados del Abuelo. Por ello este año decidí buscar un hotel céntrico y vivir de nuevo esas sensaciones con Mª Ángeles y Julito.


 

El primer día llegamos algo pasada la hora de la comida, por lo que buscamos algo rápido y sencillo para satisfacer el hambre. Todos teníamos curiosidad por visitar el Fast Good de Adriá, que habíamos visto en la prensa poco después de su apertura y nos quedaba a unos metros del hotel, así que en un momento nos encontramos delante de lo que a primera vista, en el mostrador donde se encargaba la comida, parecía un hamburguesería más. Fotos luminosas de varias ensaladas, hamburguesas, bocadillos, pasta, pollo asado, chico/chica de tez cerea que como un contestador automático respondía a nuestras preguntas sin energía. Tras una vista al local, este cumple el primer requisito del ramo, limpio sin duda, con un toque de cafetería chick en la decoración que comienza a marcar diferencias con los Macás y Burrikin, las mesas se adornan con un centro que contiene servilletas, sal, pimienta y un surtido de frascos con salsas envasadas de calidad, los asientos son la mayoría cómodos, vistosos y funcionales, los empleados te acercan a la mesa todo lo que no puedes llevar en el momento porque requiere algo de elaboración. El segundo requisito del ramo también se cumple sin reservas, es rápido, en un instante tuvimos sobre una bandeja de madera oscura la mayor parte de nuestra comida y el resto en cinco minutos. Pero donde realmente se encuentra la diferencia es en la comida, evidentemente lo principal, sin abandonar el concepto de comida rápida la ensalada resulta muy rica, la hamburguesa presentada en un pan especial tenía el sabor de las que podemos hacer en casa con carne de calidad, acompañada de queso de cabra y una rodaja de tomate confitado, la pasta en su punto justo tenía una suave salsa de Gorgonzola, la bandeja de sushi era digna en sabor y texturas, el medio pequeño pollo estaba macerado en una salsa de especias sorprendente y los chupitos de postre nos resultaron muy agradables: uno con cremas de dos chocolates y especias, otros con fruta de la pasión y cítricos. Otra de las sorpresas es que tienen café de verdad y de calidad, probablemente elaborado con las cápsulas que tanto se han puesto de moda. El único de los tres requisitos que no se cumple, es de cajón que no lo haga, sin ser demasiado caro no es barato, pero puede ser una alternativa cómoda y rica para determinadas comidas en las que el tiempo condiciona nuestra elección.


 

Después de una reparadora siesta, que el sureño no perdona en ninguna época o lugar, partimos hacia la plaza Mayor en busca del mercadillo de Belenes. Comentar que los adornos navideños de la ciudad se han modernizado bastante, paisajes luminosos de rascacielos, cascadas de burbujas y lluvia luminosa de estrellas, han sustituido a las campanillas, trineos de renos y arbolitos varios. La representación robótica del corte ingles de preciados que tanto gustaba a los niños, este año es minimalista en animación, muñecos y público, eso si con final apoteósico de la canción que recordaba: “cutrilandia, cutrilandia, vamos todos a cantar.........”.


 

Gente, mucha gente, Madrid se ha convertido en un crisol de culturas donde domina lo foraneo en todos los sentidos: guiris con pelucas reflectantes de colores, diademas con cuernos de reno o gorritos luminosos de Papa Noel; orientales y sudamericanos de dos clases: los mas que portan algo para vender o te sirven en restaurantes y bares de todo tipo, y los que portan varias cámaras para inmortalizar sus visitas; provincianos que forman largas colas en Doña Manolita, la estatua del oso enmadroñado para sacar la foto, en los teatros, la Mayorquina y casa Labra, o que como yo evitan colas y se decepcionan viendo como el mercado de belenes, exceptuando alguna escasa excepción, se ha convertido en una tienda inmensa de todo a 100. Lo mejor con diferencia de la calle, siguen siendo los músicos y cantantes que la animan estos días, escuchamos varias corales muy buenas cantando villancicos, un cuarteto de cuerda del Este tocando magistralmente piezas de música clásica y un guitarra con pinta de haberse tomado las suyas y las de media plaza, que sorprendentemente atinaba con los acordes de una soleá con to sus avíos. Tampoco faltaban los pintores y caricaturistas que por unos euros hacían las delicias de un grupo de veinteañeras. Poco comercio fijo del que recordaba y mucha franquicia, siguiendo a Julito entramos en una tienda pseudofrancesa abarrotada de gente, de pastelitos, chocolates y bombones, de los que probamos buenos y malos, bien está eso de catar antes de comprar para no llevarse sorpresas.


 

Camino de la Cava Baja encontramos el reformado, reorientado y en muchos aspectos nuevo mercado de San Miguel, lugar recomendable para comprar y degustar de todo: ostras con champan o cava, sushi, cocina mexicana, fritura andaluza (incluidas tortillas de camarones que daba gusto ver como las comían con ansia un numeroso grupo de japoneses, añorando seguramente sus témpuras y sin saber que lo que comían nació en Cádiz, y que muy posiblemente se preparó aquí y viajó congelada a madrid), quesos selectos de todos los lugares del mundo (también nuestro exquisito y famoso Payoyo), canapes de ahumados portados por una pareja de simpáticos peruanos, tienda de encurtidos españoles regentada por argentinos (donde se servían pequeñas tostas con patés de algas, de mezcla de ahumados al mejor estilo nórdico y de garbanzos de cocido madrileño), tiendas de regalos, pastelerías y locales de copas, un genial lugar para cenar y pasar el rato si encontramos un hueco en alguna barra y no nos molestan demasiado los empujones.


 

El segundo día era domingo y como buen provinciano nos dispusimos a visitar el rastro, recalamos en una cafetería de la Puerta de Toledo a comernos unas porras (allí si las pides te las ponen calientes, las frías que se las coman ellos), cuando íbamos a pagar reponían unas tortillas calentitas con patatas de las que cayeron varios pinchos (que buenas y jugosas las hacen). Repuestos del ayuno obligado por el sueño, nos encaminamos al inmenso laberinto de calles, puestos y gentes en el que se ha convertido el rastro madrileño. Yo recordaba varios puestos y tiendas de antigüedades que visitaba y Mª Ángeles tenía apuntadas algunas de ropa, las primeras no estaban ya donde recordaba y las encontré en una plazuela coqueta (nada que ver con el descampado que ocupaban), donde todos todos los locales mostraban sus reliquias a precios prohibitivos, pasada rápida. Otra cosa fue la ropa, siempre he creído que el hombre en navidad es un animal poco racional, que espera en la puerta de una tienda de ropa controlando al niño y cargado de paquetes, a que su compañera mire, de la del pulpo a la dependienta, escudriñe, pruebe y amontone lo que luego no suele comprar, pero esta vez me pusieron la medalla olímpica de espera en tienda, hora y media, luego se queja de que no la acompañe de compras, seguramente por eso esta vez me cogió a traición. Después de alguna pequeña compra y un instantáneo pase por un quiosco de encurtidos en la plaza de Cascorro, de donde sin saber como apareció en mi mano una rica berenjena de Almagro, caminamos hasta Ópera, donde recordaba una calle que subía hacia Gran Vía, en la que a izquierda y derecha, uno tras otro se amontonaban restaurantes y mesones Riojanos, Asturianos y Gallegos.


 

De camino seguí sorprendiéndome del cambio sufrido en Madrid durante los últimos años. Mis viajes en los últimos años, han recalado en Madrid por una u otra circunstancia, pero casi siempre por poco tiempo y sin pasear demasiado su centro como hiciera antaño. Ha desaparecido el lugar donde comí a mediados de los 70 en Arenal mi primera hamburguesa Burrikin, se transformó totalmente en Ópera el cine donde vimos el estreno de la Guerra de las Galáxias, algunos de los bares donde comí mis primeros bocatas de calamares, donde compraba mis colonias con grandes descuentos o las cuerdas y complementos para mi guitarra.


 

Afortunadamente la calle comentada anteriormente se conservaba como recordaba, pero en ninguno de los locales conocidos pudimos entrar a comer porque estaban abarrotados, de momento como guiado por el espíritu de Gustó en la película Ratatuille, me giré y leí en una pizarra “Cocido Labriego”, me acerqué a una de las ventanas y me gustó lo que ví, grifos de cerveza Mahou en algunas mesas desocupadas y sobre todo lo demás, un olor de los que quitan las penas de hora y media de espera en la puerta de una tienda de ropa, y la deshidratación producida por el largo paseo para abrir las ganas de comer. Una simpática camarera, apreció sinceramente nuestra disposición a ser guiados por los caminos de su extensa carta, a la primera cerveza la acompañaron unas papas al cabrales que con una magistral competición de esgrima con tenedor, se jaló casi entera Julito, a la segunda unas buenas croquetas de bacalao donde impuse el criterio de padre democrático de “estas a partes iguales”, un riquísimo pulpo a la brasa, el caldo del cocido y el esperado remate de una ración de su fondo, una ración bestial, al verla pensé inmediatamente en mis compañeros de asiento en el teatro al que iríamos poco después y mi capacidad para aguantar la fermentación de las legumbres, papas, lacón, chorizos y abundantes carnes que colmaban la gran bandeja. El “frugal almuerzo” terminó con un exquisito Ponche Segoviano y un mejor aguardiente, al que normalmente renuncio por cuestiones de buena conducción. También por fortuna, pude dejar el bastón con campanilla de leproso a las puertas del mesón, en aquel lugar fuera de tono y políticamente incorrecto, se puede fumar aún.


 

La obra de teatro elegida por Julito entre varias seleccionadas por su padre, y reservada por internet (avance tecnológico fundamental para no guardar cola en las taquillas), fue muy entretenida, el ya había leído el “Mago de Oz” y disfrutamos como enanos, no hubo muchos problemas con la fermentación de las legumbres y merendamos un café excelente con un buen trozo de roscón de reyes. Seguidamente dimos un buen paseo por la calle Montera (donde las joyerías se han convertido en tiendas de ropa y bisutería), Santa Ana y el entorno del Lope de Vega, los caramelos de la Violeta (que milagrosamente se mantiene en su esquinita), y de nuevo Sol con pasada por la Mayorquina que seguía abarrotada y de donde sin saber como, salimos comiendo una de sus famosas napolitanas. La cena se solucionó con unos sangüich de Rodilla y al hotel.


 

El lunes amaneció con un calabobos persistente, que podía solucionarse sin demasiado esfuerzo con un buen paraguas, algo de prisa teníamos porque apretaba el hambre cuando nos acercamos a Chueca. Café y picatostes recién hechos, de esos que se mojan en leche azúcarada y canela antes de freírlos, hicieron de desayuno. Que coqueto se ha puesto el barrio de Chueca, muchas casas rehabilitadas, tiendas variopintas a las que uno no se resiste a entrar y restaurantes con todo tipo de cocina en casi todos los bajos, de pronto en un extremo de una pequeña plazuela escucho un bozarrón que dice desde el otro lado “Quillo tu que hace aquí”. Como en mis mejores tiempos, me encuentro en Madrid con amigos que viven como yo en Cádiz, y que hace años que no veo en una ciudad pequeñita donde somos poco mas de un puñado. El colofón al paseo lo puso un local castizo, en la misma plaza donde está el metro, donde comimos unos callos, unas lentejas con chorizo y unos huevos con jamón y patatas “de las que hacen las personas” (termino que usa Julito para diferenciarlas de las congeladas), que ricas están las recetas de toda la vida cuando están hechas con cariño.


 

Como el calabobos estaba poniéndose pesado, nos fuimos al hotel a descansar un rato. Por la tarde salimos a comprar algunos regalos, nos pasamos a ver la pista de hielo de Callao, que de hielo nada, sintética, Julito que se encaminaba lanzado a probarla, freno en seco al ver los cebollazos que se pegaban unos críos en aquella especie de alberca encerada. Pasados unos minutos exclamó, “Papa vamos a por el cordero”. Soy asiduo del Asador de Aranda desde hace muchos años, su carta cortita pero triunfante siempre me ha encantado, morcillita de arroz, ensalada, triunfante cuarto de cordero asado y hojaldre de crema, fue el último menú que degustamos en Madrid. Antes de marchar solicité del mesonero que me preparara para llevar unos hojaldres, como hacía siempre que comía tras alguna reunión, para llevarlos a Mª Angeles, aunque en esta ocasión eran para mi madre, seguro de que esta los compartiría conmigo.

 

 

Volver a cartas        Volver a portada