ENTRE LO PÚBLICO Y LO PRIVADO

 

 

 

 

 

            Hace unos días viendo un debate en televisión, sobre los beneficios e inconvenientes de la sanidad pública, recordaba un artículo firmado por un alto ejecutivo de la General Motors Company, donde lanzaba la voz de alarma ante una sanidad, la estadounidense, que hacía peligrar la estabilidad económica de las empresas por los altos costes de sus seguros privados. Sin ninguna duda podemos añadir a este parcial pero importante análisis, que es una sanidad donde lo fundamental, por encima de cualquier otra consideración, es el tipo de seguro del usuario que marca la extensión de la cobertura del servicio. Una sanidad donde la muerte digna suele ser una entelequia porque se contrapone al empleo de la tecnología a toda costa, que es lo que aporta a los hospitales mayores beneficios. Una sanidad donde los conceptos de universalidad, equidad e igualdad son sencillamente inexistentes.

 

           La razón incontestable para algunos que avalan la indiferenciación entre la sanidad privada y publica, se apoya en que el médico que la practica en España suele ser el mismo en una que en la otra, y esta es precisamente su mayor diferencia, ya que el trato de ese mismo profesional que nos recibe en la una y en la otra suele ser desafortunadamente distinto, la espera en una lista sin fin, muchas veces provocada por algunos en la búsqueda del trasiego de lo público >  a lo privado de los clientes, en la última es inimaginable, desgraciadamente el rendimiento laboral de muchos profesionales cuando alguien “les pica espuelas” también marca diferencias.

 

            Estoy de acuerdo en la afirmación de que la privatización de la sanidad es un disparate, pero no olvidemos que las tentaciones para que esto ocurra son muchas, ya que en las condiciones de universalidad, igualdad y equidad, la sanidad pública será siempre deficitaria, menos con una buena gestión que con una mala, pero esa buena gestión solo se conseguirá con el control de los gastadores, más que con el recorte de las prestaciones (tiquet regulador, pensionistas que pagan recetas) o una equivocada potenciación de la sanidad privada (más conciertos que el Liceu).

 

            Las instituciones deben estar al servicio del objeto para el que se crearon, en nuestro caso la atención sanitaria de los españoles, y no convertirse en el instrumento de lucro, protagonismo y poder,  de los que teóricamente trabajan para ellas.

 

 

 

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