Sobre la oralidad

 

 

Sencillamente en el panorama de las ciencias del hombre hacía falta una dimensión disciplinar que intentara llevar a cabo ese requisito civilizatorio que consiste en establecer mediante la escritura, llevar al terreno del registro escrito aquello que percibimos y, más concretamente, que percibimos a través de la oralidad. Así, de la misma manera que las ciencias naturales son un intento de describir, explicar y registrar lo que percibimos de la naturaleza, y de igual forma las ciencias sociales a imagen de aquéllas lo hacen con la naturaleza de las relaciones sociales; la historia oral y la etnografía en buena parte van a ser las encargadas de registrar mediante la escritura aquello que nos es dado percibir o lo que nos procura información y conocimiento a través de lo que hablamos, los sonidos de la lengua, la materia de la comunicación más elemental y espontánea.

En esa forma en que somos escribas, el resultado de nuestra tarea intelectual consiste en nombrar o convertir en “tradición” aquello que obtenemos como información sobre una actuación (una experiencia), aunque esta sea actual y presente.

En esta vertiente de lo oral como campo, como en tantas otras de la etnología (y la antropología), se nos puede transmitir la impresión de una complejidad inabarcable. Desde el orden que nace de la “confianza” en la ciencia positiva para explicar nuestro mundo se nos instruye en la certeza de que esas explicaciones científicas son realmente “la verdad”, la versión que interesa a nuestra curiosidad innata (tal y como se explica el espíritu de conocer). Es muy común entre nosotros zanjar un debate con el consabido “eso puede ser demostrado por la ciencia” o por el contrario “eso no está demostrado científicamente”. La validación de las propuestas viene dada entonces de manera exclusiva por la explicación y por la demostración científica. El desconcierto viene producido cuando no es posible una reducción a una sola fórmula explicativa o sencillamente cuando son diversas las miradas posibles, cuando es imposible una definición sola. La materia en que nace y se resuelve la reflexión antropológica (y etnológica), el objeto de su pensamiento, es en sí complejo, imprevisible, inabarcable, incuestionablemente dinámico y contradictorio. Acaso hay algo más paradójico que la existencia del hombre sobre la tierra y en especial su forma de habitarla y sus propias representaciones de la realidad. Desde el momento en que hemos de explicarnos el mundo desde una representación verbalizada de las cosas y de los fenómenos y los hechos, y además de la repercusión en ellos de nuestras formas, maneras y modos de actuar, no hay más remedio que aceptar la complejidad y la paradoja, esa ambigüedad de la que tanto han hablado los filósofos. El hecho de pensar sobre el hombre y las formas en que representa y ordena la naturaleza y habita la tierra significa que su ejercicio entra de lleno en el objeto de su estudio. Es decir, el objeto de estudio de la antropología es las propias formas en que nos hemos pensado.

 

I

 

La costumbre académica de tomar la oralidad y lo oral como una referencia técnica, casi como una sustitución de lo que no pudo ser o darse como escrito (por sus propias circunstancias de existencia que la ponen en relación a un antes y un después de la escritura) ha limitado en buena parte una visión amplia de este fenómeno, que encierra en sí toda la complejidad y la potencialidad de la expresión y la comunicación. Se trata de la más patente de las dimensiones de la condición humana y a veces la única que nos es dada practicar y conocer. Encierra en sí mismo las formas de trasmisión y adquisición de conocimientos y en él se dirimen la posibilidad y la existencia de lenguaje y por tanto de pensamiento.

Inevitablemente la oralidad remite a una temporalidad, excepto en el más espontáneo de sus usos cuando precisamente es presente puro.

La antropología puede definirse como una reflexión sobre el hombre que atiende a sus particularidades representacionales, a las formas en que ordena su vida y le da sentido e intenta explicársela; que tiene la dimensión inherente de poder derivar y contrastar la certeza de sus proposiciones en la cotidianeidad, es decir en aquellos marcos donde se producen las relaciones más elementales y espontáneas, donde anidan los rasgos seminales de sociabilidad; y que traspone a un orden intelectual lo que es aprehendido –u observado- de ese campo eventual, impreciso, evanescente... pero trascendente, existencial, presente. Ese campo se deja ver en muchos aspectos del comportamiento pero fundamentalmente en esa dimensión comunicativa que llamamos oralidad. Pero porque no podría ser de otra manera. Es como decir que el pensamiento se resuelve se produce y existe en el lenguaje, el hecho de la tardía y no obstante oportuna llamada de atención wittgensteiniana no resta verdad a esa aseveración; o sea, puede que no se hubiera verbalizado esta relación en términos entendibles para la modernidad, pero eso no quiere decir que en sí no existiera. De la misma forma, puede que el campo de la oralidad no se haya explicado más que como una fuente de suministro de datos y de información, o de establecimiento de una norma de la tradición, incluso como deseo y expectativa, pero este sesgo no significa que esa relación no existiera de otra manera más substancial, en el sentido en que es el campo de la oralidad el que propicia epistemológicamente la propia existencia de la disciplina antropológica. La oralidad en esas muchas dimensiones de las que hablamos aquí es el teatro de operaciones de antropología. Y, esto, aunque se de la posibilidad de que no todas las consideraciones teóricas se den en una dependencia estricta y directa del juego conversacional (conviene aquí poner en relación la noción de conversación con la de diálogo, pero para nuestro interés disciplinar también con las de encuesta, entrevista, interrogatorio... y la especificidad de cada una de estas relaciones), verdadera medida de lo oral, y puedan surgir de una reflexión alejada de la práctica, o mejor de la experiencia intersubjetiva que es la conversación, porque siempre esta nueva fórmula tendrá un referente ineludible de esa relación insustituible para la antropología (es aseverar la necesidad de la etnología para la antropología, salvando la eventualidad de que la primera reflexione sin el elemento presencial de la segunda). Intentando ser más claro, no todas las conclusiones de la antropología y por tanto su nutrición teórica, se extraen del juego metodológico de la encuesta (en el sentido general en que lo utiliza Copans: encuesta como etnografía), hay otras formas de observación que se nutren de todos los recursos perceptivos posibles: lo que dicen otras disciplinas, lo que aporta la presencia y el contacto físicos, las formas comunicativas sutiles... hasta el hecho de compartir existencia.

 

II

 

Las potencialidades expresivo-comunicativas de la oralidad no se limitan estrictamente al campo fonético, al habla como significante y tampoco a los significados lingüísticos, no se trata sólo de una serie de sonidos transportadores de un mensaje que busca un destinatario -un receptor-; no se agotan en ese trámite explicativo esas potencialidades de comunicación, pues la oralidad exige presencia física de los interlocutores y ello supone unas formas interperceptivas que trascienden claramente el mensaje hablado –ahora habría que pensar qué pasa con las formas de oralidad que no requieren esa presencia física y que son las propiciadas por los nuevos medios de comunicación-.

El marco que aglutina estas potencialidades es el de la conversación. Por lo pronto es el término que mejor define la idea y el hecho de intercambio comunicativo, y sus étimos refuerzan la idea de que el conocimiento que siempre genera la comunicación es en su primer sentido recíproco, superando así a otros términos –y a otra idea- que presupone roles o posiciones distintos en el intercambio: uno pregunta y otro responde, uno observa y otro es observado, uno dirige y otro sigue... pero también uno quiere conocer y otro nota que quiere ser conocido, uno entra y el otro está.

La antropología ha construido sus relatos a partir de un uso de lo oral que, sometido a los parámetros analíticos de la observación tenida como método, le permitía darles validez de verdad científica. Hay pues una conducción, una predisposición; es decir, se hace del modelo comunicativo oral un uso particular. Este uso se ve reflejado fundamentalmente en dos variantes: en principio, esa disposición para su utilización disciplinar le confiere una dimensión discursiva que rompe y desvirtúa lo que pudiéramos denominar la espontaneidad comunicativa. En otras palabras, si existe intención de responder a una pregunta (y si esto además como sabemos se realiza en un contexto de disposición y de clarificación de los roles establecidos en la entrevista –y más aún en la encuesta-) la expresión comunicativa adquiere un carácter discursivo, frente, por ejemplo, a las características distendidas de la conversación. Esto es, interviene en el que responde -ya tenemos un rol señalado- una cierta transversal de temporalidad porque ha de contar algo que lógicamente tiene que ordenar y narrar: ahí está el discurso. Esa remisión a una especial temporalidad que se da en el discurso fomentado desde ese cuestionar que supone la entrevista, añade al mensaje matices ineludibles que participan de esa extraordinaria complejidad que es en sí misma la expresión oral, pero en ese momento muy posiblemente las que tengan que ver con una visión acomodaticia de los asuntos; es decir cortés, ponderada, en sintonía con lo que se cree que se quiere oír, ocultando, o bien disimulando, digamos que entreteniendo en los mil vericuetos del habla, la idea más personal y más desnuda, y por eso la más necesitada de pudor, la que más se sujeta a un momentáneo estado de ánimo. Y he aquí una de nuestras claves, la remisión a una temporalidad y el hecho de rendir en ella la esencialidad del presente, del momento vivido único e irrepetible, que participa de esa naturaleza doble y paranoica de algo que mientras se produce y existe es ya pasado (es el presente efímero y sublime –real- de Ch. Baudelaire; o el incesante parpadeo, la momentaneidad de W. Benjamín; y en general el de toda la preocupación del arte moderno especialmente desde la ruptura de Manet y Cezanne)[1]. No se trata sólo de una aspiración de rabioso presente sino de actualidad en su acepción primigenia: que se produce, que está en el acto, en lo que se hace, se da y es acto puro.

 

 

 

 

III

 

En las extensiones disciplinares de la antropología caben, como venimos viendo, distintos usos de lo oral, y todos ellos vienen marcados por la transversalidad de una especial temporalidad: de la fuente oral porque esperamos un relato de experiencias de algo que ha sucedido o viene sucediendo y más concretamente de lo que dicen aquellos a quienes hemos señalado como relatores, como testigos, como informantes; de la tradición oral porque lo que esperamos es una versión del mito, una retrocomposición del pasado, pero esta vez el discurso está previamente construido, se conoce la trama, digamos que funciona con un argumento previo. Sin embargo, si admitimos una capacidad de observación para la antropología y la posibilidad de que a través de esta observación puedan emitirse juicios sobre esa complejidad inabarcable que son las relaciones entre personas no podemos contentarnos sólo con la obtención de datos o de neta información sino que se ha de intentar ver en qué rasgos, desnudos de premeditación discursiva, se resuelven estas relaciones. Es decir, las que son presente puro, acto espontáneo, natural e intuitivo. Tanto es así que puede perfectamente abogarse por una observación de las conversaciones sin protagonistas establecidos (de otros, entre otros, de quienes sean, incluyendo perfectamente al que observa), como limpia inercia actuante, sólo presente, absolutamente actual.

 

Hemos dicho que el campo comunicativo (y expresivo) oral transciende en mucho lo que pudiéramos suponer un escueto mensaje hablado. Y decíamos que la propia presencia que exige lo oral dotaba a la intención comunicativa de una serie de recursos expresivos más allá de los sonidos y los significantes. Pero es la naturaleza misma de lo oral –esa especial unión que se da entre la presencia, lo fonético, la intención de comunicar, la necesidad expresiva, la recuperación de nexos con el todo (incluso cósmico), la inercia instintiva, la inevitabilidad perceptiva, el amparo de la sensibilidad, la obligación de reflejar sentimientos, la verbalización del conocimiento...- lo que propicia un desbordamiento del caudal comunicativo a través de lo oral, es en definitiva la demostración inconsciente e inevitable de la condición humana, la existencia del animal hablante, la forma de nuestros pensamientos. Las cosas expresadas no son sólo significado, se constituyen de otros sentidos; forman parte de los mecanismos intelectivos naturales, hasta tal punto que es creíble que en el hombre la percepción absolutamente intuitiva y sensorial no opere intelectivamente si no es por una posterior verbalización de sus efectos.

En un primer debate, la antropología tiene que preguntarse por la naturalización de la facultad de lenguaje articulado y de los órganos que en el cuerpo humano han evolucionado, de manera particular, para que sea posible ese fonetismo articulado. Como todos sabemos, los órganos que posibilitan la pronunciación han evolucionado sólo en el hombre y además en un lapso de tiempo insignificante en relación al tiempo evolutivo de las formas vivas complejas en el planeta. Eso significa que la facultad de hablar también se ha desarrollado exclusivamente en el hombre y por decirlo de manera coloquial “en un tiempo record”. Esa es nuestra manera comunicativa (y expresiva) natural y espontánea, y puede pensarse incluso que funciona en detrimento de las formas perceptivas sensoriales con que nos dotó la naturaleza. Es decir, según las ciencias humanas, nuestras maneras de conocer son intelectivas más bien que perceptivas, lo cual no quiere decir que no operen en nosotros las recepciones sensitivas, sino que éstas están en un plano de desventaja frente a las formas intelectivas. Este funcionamiento hace que conozcamos mayormente a través de una verbalización de las cosas y de los hechos, es decir a través de una imagen verbal –símbolo o representación- de lo que se da en el mundo real. La oralidad es pues el campo comunicativo donde se producen estas verbalizaciones, y por ello según hemos visto el campo intelectivo natural. La secuencia, aunque en realidad más compleja de lo que pudiera parecer a primera vista, sería: facultad oral, expresión, comunicación, capacidad intelectiva y conocimiento. Vista como la facultad comunicativa e intelectiva natural, la oralidad ya interesa a la antropología, como todas las facultades inherentes al ser humano, pero es que además, y aquí viene lo importante de nuestro tema, la oralidad es el teatro de operaciones de la antropología en esa dimensión intelectual de ésta que es registrar en los órdenes científicos –esto es, en la escritura- lo que “ocurre” en ese desorden comunicativo natural que es la oralidad. Es entonces un “uso” de lo oral lo que la antropología hace en su propio beneficio que no es otro que la intención de desentrañar y explicar la naturaleza de las relaciones entre las personas –en su más inabarcable complejidad (comunicativa, expresiva, representacional, simbólica, imaginativa...)-, y ese uso tiene su referente en los marcos en que se resuelve la oralidad: la conversación, el discurso, el coloquio... la entrevista, la encuesta... Estos referentes del uso antropológico son la observación, la fuente oral y los recursos de la tradición oral.

La preocupación disciplinar por obtener significados de las distintas formas en que se resuelve lo oral introduce una dimensión discursiva y una transversal temporalidad. La fuente oral, predispuesta como tal en la investigación, y las disposiciones metódicas en torno a ella sugieren la aparición de un modo discursivo en su uso. O dicho de otra manera, la preparación de la entrevista y una predisposición a ser informado a través de ella provoca entre la forma discursiva y la expresión espontánea una relación de inversa proporcionalidad, cuanto más crece uno de esos extremos más mengua el otro, de ahí la eterna crítica a lo que en otra época de la actividad etnográfica se ha llamado “informante privilegiado”. Si la intención investigativa es la obtención extensiva de datos como referentes de información, entonces tiene perfecta lógica la disposición de ese informante y su forma discursiva de comunicar; si por el contrario el intento es intelectivo -si se trata de entender más que de ser informado- la forma discursiva es limitada y juegan otras formas comunicacionales más espontáneas. Y, por otro lado, en toda predisposición al uso disciplinar de lo oral se introduce una transversal de temporalidad en el sentido de que actúa una referencia al pasado que proporciona supuestamente datos e información. Aquella vieja aspiración de presente nato que fue sugerida en los poemas en prosa de Baudelaire y retomada por Benjamín en su idea de “continuo parpadeo” sobre esa naturaleza inaprensible por efímera de presente, solo se contiene en el momento vivido y expresado por la palabra desprovista de dimensiones de premeditación o de temporalidad.

 

IV

 

Intentemos ordenar mínimamente un esquema explicativo: En el horizonte expresivo-comunicativo, al que llamaremos plano lingüístico o del habla y distinguiremos de otro horizonte plagado de claves perceptivas más allá de lo estrictamente verbal, el lenguaje oral se sitúa frente al lenguaje escrito y despliega sus características frente a él. Podremos reflexionar así sobre todo el juego de tensiones históricas de uno y otro modos de lenguaje (lo oral como forma comunicativa y lo escrito como establecimiento del saber, y por tanto ejercicio de poder). Este juego se condensa, según la idea de Raffaele Simone[2], en el hecho civilizatorio de que la escritura abrió por sus características una nueva forma intelectiva (por el hecho de percibirse por el sentido de la vista, pero poniendo claramente otros mecanismos intelectivos en marcha, lo que supone a su vez una modificación sustancial en el orden jerárquico sensorial). Entre esos dos campos –el oral y el escrito- situados uno frente a otro se instalan una serie de campos intermedios: el lenguaje icónico, el gestual, el simbólico, el representacional, el alegórico, y fundamentalmente el campo expresivo de la imagen. Todos ellos, pero sin duda el de la imagen operan en las formas comunicativas de la misma manera que habíamos sugerido para la lengua escrita frente a la oral o sea provocando una convulsión en las maneras intelectivas. Ya no conocemos tanto a través de los cauces orales como por influencia de todo el mundo expresivo de la imagen. Para cerciorarse de ello basta con recapacitar sobre nuestra cultura cinematográfica y la forma en que ésta nos ha procurado un conocimiento del mundo.

 

V

 

Si ya es perfectamente detectable el último giro de la antropología (los continuos giros de la antropología no hablan de una inseguridad científica como hubieran querido muchos de los que cuestionan un lugar del conocimiento antropológico en la tarea de pensar al hombre y sus obras, sino que manifiestan una tentativa legítima de sospechar que los intentos de explicación no pueden ser estáticos, no pueden darse con pretensión de eternidad, antes bien han de ser por fuerza de la misma materia que su objeto, el hombre mismo, su fragilidad existencial y la complejidad inabarcable de sus formas de habitar y de explicarse el mundo) que es el que la acerca a desentrañar la naturaleza de las relaciones entre las personas y como reflejo y extensión de ellas sus obras sus representaciones sus aspiraciones e intentos de ordenar su vida, lo que, a su vez, la aparta de quedarse en el desentrañamiento de modelos de esas explicaciones, los grupos humanos, en sus muchas acepciones: colectivos, comunidades, sociedades, tribus... Resumidamente, la antropología se pregunta por la naturaleza de las relaciones que rigen las distintas posibilidades de vida antes que la estructura y la razón de los grupos constituidos según alumbra cada tipo de esas relaciones. Es según Carles Salazar[3] la ciencia de la comunicación más que el análisis de los modelos sociales con los que intentamos explicarnos la “realidad” social. Si, como digo, ya es visible ese giro, en el teatro de operaciones de la oralidad ha de manifestarse un nuevo sentido, aquel que supera los informes sobre los mitos fundacionales y la estructura del grupo y se empeña en abrirse a otro entendimiento que prima los deseos frente a la obligación, la disidencia frente al encasillamiento, lo intuitivo frente a lo formal, la experiencia frente a la necesidad, lo eventual frente a lo eterno, lo presente frente a lo representacional; que se ve los pies y no las raíces, que prefiere pasear a identificarse...

 

 

                                                                       



[1] Muy interesante para la cuestión el libro de Félix de Azúa Baudelaire y el artista de la modernidad.

[2] Raffaele Simone 1999 La tercera fase, formas de saber que estamos perdiendo

[3] Carles Salazar, De la razón y sus descontentos. Indagaciones en la historia de la antropología, 1996, ed. Espai/temps.

 

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