RELACIÓN ENTRE MEDICINA POPULAR Y MEDICINA CIENTÍFICA

UNA MEDICINA EN VIAS DE MODERNIZACION EN AFRICA: EL EJEMPLO DE CôTE D’IVOIRE.

Harris Memel-Fotê.

 

INTRODUCCIÓN

       En todas las sociedades conocidas los enfermos con ganas de curarse  en el ámbito de su cultura siguen una diversidad de itinerarios terapéuticos a su alcance..

       En el Africa negra  poscolonial existe pluralismo de sistemas.

       Para ilustrar la situación africana, hemos escogido Côte d’Ivore, tierra de colonización francesa desde 1893, nación de Africa occidental desde 1960.

       Debemos destacar también que en los primeros decenios de  su independencia ,su estabilidad política, sus logros económicos, y sus relativos exitos en materia de politica sanitaria.

       La configuración médica actual  de Côte d’Ivore está formada por cuatro tradiciones médicas de diferentes orígenes:

La tradición africana animista y la tradición árabe musulmana, ambas incorporadas al rango de medicinas populares.

       Más tarde la medicina europea occidental y recientemente la medicina china, clasificadas como medicinas sabias.

       La primera caracteristica de la medicina  africana animista es el hecho de ser popular. Su lugar de nacimiento .Su transmisión ha sido a través de la palabra oral y  no de la escrita.Un personaje central se ocupa de la salud, es el curandero.

       La segunda caracteristica de esta medicina es su globalidad, debido a la concepción amplia de la salud, de la enfermedad y de la curación.La vida es universal,así la salud se extiende a todos los tipos de seres.

       La medicina árabe musulmana se considera ytambién popular.

       En lo que se refiere a las medicinas sabias,la europea occidental es principal y decisiva.La medicina china  aparece en Côte d’Ivore después de la independencia de este pais, en torno al  personaje del acupuntor.

       Con anterioridad a 1995 la medicina europea, no pudo por falta de voluntad política competir con la medicina  tradicional a la que continuó recurriendo la mayoría de la población.No obstante ,  debido a su eficacia, esta medicina europea sigue  siendo sin embargo un fenómeno irreversible en la nueva cultura africana. La coexistencia y superposición obedecen, segúnbnuestra autora, al hecho de que la medicina occidental no tiene ninguna raiz en la cultura africana.

       Antes de 1995 no se definio ninguna política global .

       En 1995 se produce una transformación ideológioca y política: el nuevo jefe del Estado expresa la voluntad  de ver desarrollarse una verdadera cooperación entre la medicina  moderna y la medicina tradicional.

       En 1996 se crea una Subdirección  de medicina tradicional en el seno de la Dirección de los Centros y profesiones  sanitarias.

       En el plano teórico, tres conceptos esbozan la lógica del nuevo marco institucional:el concepto de organización,el de colaboración y el de integración.

       Tenemos que hacer referencia  a la oposición de tipo metafísico y religioso en toda la medicina, la moderna y la tradicional, que representa la Iglesia por la razón del papel que juega en la curación de las enfermedades.

       Existe otro sector que no confía en la medicina moderna, apenas acuden al hospital y se dirigen siempre al adivino-curandero del linaje.

       En una encuesta reciente (Memel-Fotê.1998:80-81) muchos profesionales de la salud modernos han afirmado mantener relaciones directas y prolongadas con sus homólogos de salud tradicionales.Se ha dado el caso también de que ambos tipos de actores practican la complementariedad terapéutica asistiendo al mismo paciente, cada uno en el ámbito de su competencia.

Una vez situados en el marco general que describe las autora del artículo, a partir de él vamos a hacer una serie de consideraciones generales en relación con la medicina popular y científica , recogiendo las opiniones y comentarios de otros autores.

Vida y enfermedad son inseparables. La enfermedad es uno de los fenómenos socioculturales más antiguos de la humanidad. Tanto que se tiende a analizar la enfermedad como una expresión de la vida, es decir, de la adaptación del ser humano a un medio agresivo e inclemente. Cada cultura ha tendido a cristalizar ese enfrentamiento en formas de organización social peculiares

.El análisis del "discurso" popular en lo que concierne a la salud y la enfermedad, es especialmente útil para descubrir la lógica o lógicas simbólicas que penetran las diversas creencias y prácticas relacionadas con ellas y que, la mayor parte de las veces, se nos antojan inconexas, dispares e incompatibles. El descubrimiento de cierta coherencia, con frecuencia inconsciente, nos permite comprender y clasificar las teorías que operan en el pensamiento popular en lo que se refiere a estas cuestiones y que, en general, coinciden con las teorías que forjan la visión global del mundo en el que se enmarcan.

La concepción que se adopta de «medicina popular», la definimos como la cultura médica popular de las sociedades urbanas y con cultura escrita en las que tiene que convivir con otros sistemas médicos arcaicos, científicos clásicos o modernos. Como cultura o subcultura incluye patrones de conducta, valores y criterios, ideas y visión de las cosas, vocabulario propios, creencias, etc. relacionados con la salud, las enfermedades y la lucha contra las mismas del llamado pueblo médico o miembros de una sociedad sin posiciones médicas determinadas. No hay que reducirla a los estratos socioeconómicos inferiores ni confundirla con la vertiente médica del folclore tradicional. En cada sociedad es el resultado de la asimilación de elementos procedentes de las culturas con las que ha convivido a lo largo de su historia, desde hace milenios hasta el más inmediato presente.

Para algunos antropólogos el concepto «popular» no resulta operativo para las ciencias sociales por dos motivos principalmente:

a)                                                                                                        Porque por lo general tiene una connotación peyorativa, es decir, que lo popular se minusvalora frente a un conocimiento más elitista propio de las personas con mayor formación intelectual., y

b)                                                                                                       Porque engloba tanto comportamientos tradicionales como otros que no son tradicionales, que no pertenecen a la cultura tradicional del grupo o sociedad donde se dan.

Estos autores prefieren el uso del término «tradicional» donde incluyen todos los comportamientos que pertenecen por tradición a esa comunidad. Si nos detenemos por un momento en esta palabra observamos que tiene un uso corriente: «Comunicación o transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres ... hecha de padres a hijos y de generación en generación», y un uso más científico: «La tradición significaría el aspecto subjetivo de la cultura, así como la costumbre su aspecto objetivo externo. La tradición es, sobre todo, una manera de pensar y sentir que se transmite de generación en generación en tanto que la costumbre es una manera de hacer lo transmitido. Costumbre y tradición constituyen la cultura del grupo» (1).

Sin embargo, cuando se habla de «medicina tradicional», generalmente se alude a los sistemas médicos de las sociedades históricas que poseen tradición escrita como el sistema ayurvédico y la medicina china, que nosotros clasificamos de forma diferente.

La medicina científica moderna puede considerarse también como tradicional en nuestra cultura y, por tanto, nosotros preferimos hablar de medicina popular en un sentido diferente a como suele ser definida. Efectivamente, la medicina popular es una medicina sincrética que se desarrolla en sociedades con cultura escrita pero que se transmite en su mayor parte de forma oral.

La medicina popular está totalmente viva. Por ejemplo, en los últimos años, además de seguir tomando elementos de la medicina científica moderna, lo está haciendo de otros sistemas y otros procedimientos terapéuticos de procedencias diversas. En el análisis de este fenómeno no hay que confundir el estudio de estos elementos dentro de sus propios contextos con el estudio de su aculturación o transformación en el seno del grupo constituido por miembros profanos a los mismos.

El estudio de la medicina popular entra de lleno en la historia de la medicina. Hemos de recordar, con López Piñero (2), que el objetivo actual de esta disciplina consiste en el estudio de la medicina en su total complejidad, Por una parte, tratamos de estudiar la salud y las enfermedades como estados de la vida humana de todas las épocas y culturas, teniendo en cuenta la condición biológica, social y personal del hombre. Esto significa que hay que analizar las enfermedades como realidades biológicas cambiantes y sometidas a circunstancias ambientales determinadas, como fenómenos sociales condicionados por estructuras socioeconómicas e integrados en patrones socioculturales concretos, y como vivencias personales existentes en cada situación histórica. Por el otro, intentamos estudiar la medicina como conjunto de actividades que en todas las sociedades se destinan a luchar contra la enfermedad y a promover la salud, considerando cada sistema médico simultáneamente como un subsistema social y un subsistema cultural. Comprende el análisis de las bases empírico‑creenciales o científicas en que se apoya, de sus prácticas y técnicas, de las ocupaciones y profesiones sanitarias, de la asistencia médica y de la prevención de la enfermedad.

Entre las diversas perspectivas que ofrece el estudio detallado sobre etnografía o cultura tradicional de una comunidad, la medicina casera o etnomedicina, es vertiente todavía ignota desde un punto de vista global a pesar de los trabajos y publicaciones llevados a cabo con desigual fortuna y rigor. Es un campo complejo en el que la labor de un equipo interdisciplinar daría resultados insospechados que un solo profesional, difícilmente puede lograr por sus múltiples derivaciones. En la medicina popular o tradicional (términos junto a los anteriormente utilizados aunque matizable cada uno), se entremezclan mundos tan parejos a la par que opuestos como la religiosidad, la superstición, las creencias mágicas, el entorno natural, los antecedentes históricos, etc. (3).

Esta situación es una más dentro de la tendencia de apropiación por parte de la medicina oficial de una serie de funciones que anteriormente eran patrimonio de la familia como, cuidados de ancianos y de enfermos, etc. Ante esta situación más que juicios de valor, se impone la tarea de su descripción y estudio para una posterior evaluación de ventajas y desventajas. La situación, al menos en el mundo occidental, es que la asistencia sanitaria alcanza a la gran mayoría de la población, de modo que los conceptos salud-enfermedad se mueven en su esfera.

Ello permite la utilización de algunos de los esquemas conceptuales que la Antropología Médica ha desarrollado para el estudio de la salud y la enfermedad, como las redes sociales de apoyo, el proceso de toma de decisiones ante los episodios de enfermedad y los sectores que conforman las alternativas a los que la población puede recurrir para solucionar sus problemas de salud.

Es este el último punto el que resulta más interesante, pues junto al sector profesional, constituido por el sistema sanitario oficial y representante de la medicina científica occidental, la población también puede recurrir a instancias que han sido denominadas folk y popular (4y5). El sector folk estaría constituido por sanadores marginales, curanderos que utilizando sistemas mágico‑religiosos o seculares, o bien una mezcla de ambos, actúan como una alternativa asistencial de mayor o menor éxito entre la población. También puede incluirse en este sector el recurso a santos, promesas, etc. El sector popular estaría constituido por todas las actuaciones que en materia de salud se llevan a cabo sin recurrir a personal especializado utilizando saberes o consejos de la familia, amigos, parientes, compañeros de trabajo, etc. Aquí la familia actúa como la gran matriz en la que se manejan la inmensa mayoría de los asuntos relacionados con la salud y la enfermedad y donde se toman las decisiones para la búsqueda de ayuda en los otros sectores.

Pues bien estas instancias, folk y popular, tienen enorme importancia en el caso del asunto que nos ocupa. Aparte del recurso posible a creencias mágico‑religiosas cuya importancia puede ser mayor o menor, resulta evidente que el aprendizaje de todo lo que comporta  los procesos de salud-enfermedad se realiza en el seno de la familia, y es aquí donde se van a poner de manifiesto todos los componentes sociales y culturales que están asociados con el quedan fuera del paradigma biomédico sobre el que basa su actuación el sector profesional. Por las características mismas de la  propia enfermedad, a pesar del patronazgo que los profesionales sanitarios ejercen, las ideas y explicaciones propias de la población son las que van a determinar en gran medida el curso de los acontecimientos. Además las discrepancias entre las ideas profesionales y las populares se pueden traducir en el no seguimiento de las instrucciones médicas, en insatisfacción con el sistema sanitario, y por tanto en un posible cuestionamiento global del modelo de enfermedad al que los profesionales adscriben el suceso del nacimiento.

En el seno de estas ideas populares aparece todo el trasfondo cultural que se va a explicitar en el manejo de la enfermedad y sus consecuencias, y que suele traducirse en una serie de pautas de tratamiento, normas, comportamientos adecuados o prohibidos, exigencias o privilegios permitidos, etc. Se ha propuesto como modo de recoger etnográficamente todas estas ideas seguir el esquema de las "sex‑res non naturales" que formuló el galenismo medieval  y que forma parte de la tradición médica, de la medicina occidental; esto es recoger las ideas populares en torno a lo que se debe o no se debe hacer con respecto al aire, agua y alimentos, sueño y vigilia, actividad y descanso, retenciones y evacuaciones y lo que se llamó 'Pasiones del ánimo", que quizá de un modo esquemático podríamos asimilar a "emociones". Estos aspectos que vienen a cubrir todas las posibilidades de relación del ser humano con el medio ambiente, conformaban en la Antigüedad Clásica las normas de vida que se debían seguir para mantenerse sano y tenían predicamento sobre todo en las élites sociales. Fueron los elementos constitutivos de la higiene privada hasta que ésta, desbancada por el triunfo de la higiene pública desde los últimos años del siglo XVIII, perdió su estatuto científico para pasar a ser tema de divulgación sanitaria y constituirse en parte del acerbo popular. Su importancia es pues esencial en el sector popular, que se encuentra muy preocupado por este mantenimiento de la salud (4) en todo momento y especialmente en una situación de crisis vital. No es pues extraño que estas "sex res non naturales" formen parte esencial de las creencias y prácticas populares, junto con otra serie de normas y valores que reflejan patrones socioculturales propios de cada grupo humano.

El término «etnomedicina» se utiliza intercambiablernente con «medicina popular», «cultura sanitaria popular», y «folkmedicina». A veces se distingue entre medicina popular y curandería, asimilando al primer concepto la cultura y prácticas populares de grupos humanos y considerando al segundo como una cultura sanitaria más especializada y profesionalizada (6). A su vez, la expresión «curandero» incluye en sentido amplio toda una gama de profesionales de la curandería, de la que está llena la picaresca española: sacamuelas, herbolistas, sabias, charlatanes, saludadores, medicineros, hierbateros, etc.

La Etnomedicina se refiere a creencias y prácticas sobre la enfermedad que derivan de una cultura popular, pero no necesariamente en pueblos primitivos sino incluso en sociedades actuales y zonas urbanas. La medicina de los salvajes contemporáneos, a su vez, no es lo mismo que la de la historia primitiva de la humanidad. El interés la Etnomedicina no ha sido el que ha originado el desarrollo de la cultura Médica contemporánea, sino precisamente lo contrario. La moderna Antropología Médica ha sido la que ha desempolvado los viejos estudios etnomédicos y los ha considerado como parte de la especialidad. Por otro lado, considerar a toda la Antropología Médica como Etnomedicina es una equivocación, ya que la primera trata de analizar todo el sistema médico subyacente  en una cultura.

Es equivocado también creer que la medicina popular no es contemporánea, no es científica, no innova y no cambia. Al contrario: los estu­dios señalan que la medicina popular existe en todos los países, incluso los más desarrollados; que mantienen a veces un sistema racional, científico, lógico y empírico de conocimiento y práctica médica; que muchos curanderos son enormemente innovadores a pesar de conservar formas tradicionales; y que las medicinas populares han evolucionado a lo largo de los siglos. Por otra parte, en la medicina «cosmopolita» (supuestamente científica, contemporánea, y occidental) se observan rasgos que no son racionales ni científicos. En Asia (excluyendo Japón), y sobre todo en China, se puede observar la continuidad de prácticas médicas primitivas pero basadas en un modelo científico en coexistencia con la medicina “cosmopolita” contemporánea. 

No es imprescindible la existencia de un especialista en medicina popular. La enfermedad puede ignorarse, negarse, o simplemente tratarse con remedios caseros (6).

La etnomedicina parte de una dicotomía entre salud y enfermedad en la que esta última aparece como una desviación, como un desequilibrio de la situación armónica representada por la salud. Resulta característico, el que se defina la enfermedad y no se defina la salud. La cuestión reside en la identificación implícita que se hace entre salud y normalidad como concomitante analógico de la identificación entre anormalidad y enfermedad.

Para la escuela funcionalista, que es la de más arraigada tradición en este campo, la cultura constituye «un vasto aparato, en parte material en parte humano, en parte espiritual, con el que el ser humano es capaz de superar los concretos, específicos problemas que lo enfrentan» (Malinowski 1970: 42, citado en 6).

Para estos autores, las prácticas médicas se presentan, como un subsistema indispensable en cualquier cultura para solventar la satisfacción de necesidades relacionadas con la salud. Se desconoce todavía el sistema cultural capaz de garantizar con toda seguridad el equilibrio y la armonía entre sus miembros, evitando peligros, momentos de crisis e incertidumbres. Para afrontar esos peligros existenciales, todos los grupos humanos conocidos, en tiempo y en espacio, han respondido con una fascinante gama de estrategias para preservar o recuperar el equilibrio, el bienestar y la tranquilidad (7).

¿Qué es la salud? La respuesta parece evidente a primera vista, pero no lo es tanto. Lo que en algunas culturas cae dentro de la categoría salud, en otras pertenece a la esfera de la enfermedad. Cada grupo humano posee, además, su propia percepción de lo que es la enfermedad, y las definiciones que de ella se dan no son necesariamente coincidentes. Si se considera, por ejemplo, el proceso de envejecimiento que en nuestra sociedad nos conduce inexorablemente a la muerte, habríamos de calificar a este proceso como una enfermedad que nos deteriora progresivamente: caída de pelo, encanecimiento, caída de dientes, y disminución del vigor físico e intelectual. En cambio, no lo calificamos de tal, a pesar de que contiene los mismos factores que el proceso de enfermar. Incluso, podemos decirle a un anciano que está sano, porque no tiene más que los achaques propios de la edad.

Las dicotomías salud/enfermedad y normal/anormal se sitúan en esferas distintas y la dificultad aparente en definir salud se torna imposibilidad si nos detenemos en la consideración de que el contraste entre las categorías enfermedad y anormalidad responde a criterios de objetividad y subjetividad desde la perspectiva del análisis médico experimental. Ahora bien, cuando intentamos la trasposición analógica con las dimensiones de salud y normalidad, llegamos a la conclusión de que la salud únicamente podemos definirla en términos de normalidad. Con ello llegamos a la conclusión de que la ecuación cuaternaria se reduce a una del tipo enfermedad o anormalidad en relación a normalidad.

Este planteamiento sería válido, también, para otro tipo de dualidades como las representadas por las expresiones enfermedades del cuerpo o enfermedades del alma y, en otras palabras, para las enfermedades orgánicas‑mágicas o naturales‑místicas.

Estas dicotomías, a pasar de la existencia de múltiples variaciones, las encontramos en muchas sociedades. Este esquema dualista, que según Lévi‑Strauss (1970) sería característico del pensamiento primitivo, puede transformarse en una oposición entre enfermedades naturales /enfermedades culturales, haciendo la salvedad de que esta distinción no siempre queda fijada, quedando a menudo solapados sus umbrales. En la medicina «científica», y como pervivencia de la dualidad cuerpo‑alma (de tradición aristotélica) se continúa diferenciando, todavía hoy, entre la medicina del cuerpo y la medicina del alma (psiquiatría), en donde quedan muy en la superficie aquellas concepciones espiritualistas que han sido siempre tan criticadas por la ciencia occidental, al referirse a las formas de medicina folk. Una gran parte del debate, en el seno de la psiquiatría, reside precisamente entre aquellos que quieren llevar la psiquiatría al universo de la enfermedad material y aquellos que quieren conservar su especificidad a caballo de la medicina científica y las ciencias humanas.

Uno de los hallazgos principales de la Etnomedicina se basa en el concepto de enfermedad social. El concepto de enfermedad social está directamente ligado a una concepción relativista, según la cual cada cultura genera sus propios tipos de enfermedad (o anormalidad). La propuesta funcionalista es que el conjunto de enfermedades de tipo mágico, sobrenatural, místico o paranormal, en la inmensa mayoría de los casos, tienen una etiología, un origen social. A diferencia de lo que sucede con las enfermedades infecciosas (que serán similares, hasta cierto punto, en cualquier parte del mundo), las enfermedades no orgánicas, es decir las del alma o mágicas (aunque se manifiesten mediante sintomatología orgánica), están directamente relacionadas con el contexto familiar, económico, social e ideológico de los individuos que las padecen. Aún más, en muchos casos la enfermedad no es más que la expresión simbólica de las contradicciones y conflictos, de las ansiedades y peligros, de las dificultades implícitas en la estructura social en la que viven las víctimas.

La diferenciación entre el saber médico «científico» y el popular, se produce a lo largo del siglo xix. Esta formación del saber especializado se efectúa rompiendo el esquema asistencial vigente, es decir, relegando la asistencia «pública» a un segundo plano, y convirtiendo las instituciones de asistencia (hospitales y asilos) en teatros de observación, pasando a primer plano la práctica privada como núcleo del ejercicio y de la aplicación del saber. La práctica pública precedente, que caracteriza a la medicina consuetudinaria, es substituida por el secreto inherente a la práctica privada, no generadora de saber, sino receptora del mismo. Situación perfectamente comprensible en el marco de la substitución de la medicina pública (es decir, a la vista), por la secretización de la praxis en manos de una cofradía, única detentadora oficial del poder de ejercerla.

En el análisis de la sociedad en la que, mayoritariamente, estamos viviendo, no podemos negar el valor de las aportaciones que han enriquecido el saber médico institucionalizado; y que no implica olvidar, ni mucho menos, la recuperación de nuestro saber secular, pero no para presentarla como la alternativa supersticiosa, cuando no ridícula, frente a la brillantez y el esplendor de los logros de la medicina «científica»; sino para mostrar su profundidad, su riqueza y su grado de integración dentro de la comunidad, así como su manifiesta eficacia. Patrones todos éstos de comparación que pueden permitirnos conocer mejor las profundidades,  las deficiencias y los hallazgos de nuestro propio sistema, y tomar conciencia de que no hemos de aceptar un determinado saber simplemente porque se presenta como científico, frente a un saber supersticioso, sino que hay que deslindar precisamente los límites de esta cientificidad.

No  se trata de un ataque a la medicina occidental, cuyos avances tecnológicos y cuya eficacia no debe ser demostrada; quiero de algún modo señalar que la arrogancia con que se presenta debe ser situada en sus justos límites, y que el saber popular no puede ser despreciado ni olvidado, ya que como mínimo‑ puede servir de espejo en el que mirarnos con frecuencia, para no perder la perspectiva crítica.

El antropólogo,  desde un punto de vista interdisciplinario, se halla en las mejores condiciones para proceder al análisis de aquello que desborda al médico, y que tiene que ver con sus propios componentes rituales, que no es capaz por sí solo de percibir, carente de perspectiva. La reflexión sobre los análisis realizados por el antropólogo pueden ser importantes para el médico, en el sentido de que le sean útiles para un replanteamiento crítico de su propia práctica, ayudándole a tornar conciencia de los límites, a veces sutiles, entre el ritual y la técnica científica, con el fin de articularlos honestamente.

Esta es la perspectiva en la que se enmarca el presente estudio. Recoger y analizar prácticas y creencias de la población relacionadas con los procesos de salud-enfermedad. No es un ejercicio de descripción costumbrista sino que trata de poner de manifiesto cual es el peso y la importancia que las ideas de la población tienen en acontecimientos de enfermedad, considerados no como elementos aislados sino en constante interrelación con los profesionales sanitarios que son siempre el referente más importante dado el "modelo de enfermedad" que se aplica.

Desde el campo antropológico se han publicado algunos trabajos sobre los aspectos simbólicos que envuelven ciertas prácticas populares relacionadas con la enfermedad (8) y sobre cuestiones generales que subrayan la perspectiva sociocultural de los sucesos vitales y desde el campo de la historia se ha rastreado la tradición de algunas prácticas populares relacionadas con ella.

La existencia de la medicina popular es un hecho sabido. No tiene cronología y está presente en todas las sociedades donde existe un control institucionalizado del ejercicio de la medicina. Las características generales de la medicina popular han sido bien descritas y analizadas por los historiadores de la medicina desde hace más de medio siglo; sin embargo, la medicina popular se manifiesta de forma diferente en cada sociedad ‑de acuerdo con las particulares condiciones culturales y socioeconómicas, producto del desarrollo histórico de cada grupo humano‑ como subsistema cultural y social que es. El estudio de las pautas de comportamiento y de las ideas, actitudes, creencias y valores de la población respecto a la salud y la enfermedad debe incluirlas todas y no sólo las vinculadas directamente con el recurso a la medicina científica moderna o al sistema público de asistencia sanitaria.

 La patología percibida.

Una buena manera de comenzar el acercamiento a las prácticas y creencias que una población tiene con respecto a la salud o sobre un aspecto específico de ella es intentar averiguar que enfermedades preocupan más a las gentes. En un conocido ensayo (9) Susan Sontag pone de manifiesto como a lo largo de la historia diferentes enfermedades han centrado la atención de las gentes sirviendo de modelo a determinadas visiones del mundo. Esto no sólo ocurre a nivel macrohistórico sino que en cada comunidad de acuerdo con sus características sociales y culturales unas enfermedades preocupan más que otras, como reflejo de las cosmovisio­nes más vigentes entre esos grupos. Esta preocupación no se ve siempre sustentada por datos objetivos, es decir, estas enfermedades no son necesariamente las que tienen mayor incidencia o mayor prevalencia (10), sino que son las que las gentes creen que son más "importantes

Una de las tareas de la antropología médica es, precisamente, averiguar cual es la manera que la población tiene de nombrar los diferentes padecimientos, nombres que a menudo no coinciden con los usados en la terminología médica. Por ello resulta muy interesante recoger la terminología popular y tratar de averiguar que campos semánticos tienen las diferentes pala­bras al entender de las gentes, para así poder saber con precisión a que se refieren cuando dicen sufrir de esta o acuella enfermedad.

Es muy importante averiguar que problemas son percibidos más amenazadores por la población, pues ello nos indica en que sentido van a movilizarse con mayor facilidad las gentes a la hora de adoptar conductas preventivas frente a ciertos padecimientos. Así mismo algunos problemas, aunque realmente sean una amenaza para la salud, son más tolerados y desarrollan frente a ellos actitudes profilácticas, requerirá mucha mayor atención por parte de los responsables sanitarios.

En función del tipo de patología percibida se recurre desde la medicina popular a la utilización de remedios y plantas medicinales.

        

 

Pluralismo asistencial: sectores profesional y popular.

Las razones aducidas por la población para el uso de este sector popular van desde evitar la pérdida en tiempo que supone el ir a consultar al médico hasta la fe ciega en un determinado remedio casero como la "manzanilla y la miel". Pero, en general, la explicación más extendida es que primero se intenta solucionar en casa el malestar cuando es incipiente, cuando todavía no ha llegado a la categoría de "enfermedad" y la gravedad que se le atribuye es pequeña. Aquí, en este punto, que es la primera etapa de lo que se ha denominado "comportamiento en busca de la salud" (11), es donde actúan los remedios caseros y, sobre todo, la automedicación. Los fármacos que mayor éxito tienen son los que incluyen en su composición al ácido acetil salicílico, u otros analgésicos como el Gelocatil. También se usan otros medicamentos que pudiéramos considerar "mayores", esto es, los antibióticos, entre los que tienen mucho éxito las penicilinas semisintéticas como la amoxicilina, que son empleados indiscriminadamente en esos padecimientos menores. Además se utilizan con mucha frecuencia medicamentos que el médico prescribió en alguna otra ocasión para síntomas que el individuo o su familia consideran similares a los actuales, o algún otro que se considera "muy bueno". También puede recurrirse a fármacos que recomienden parientes y amigos, aunque tal eventualidad es menos admitida por los entrevistados que las anteriores. A pesar de la indudable popularidad de la automedicación no deja de reconocerse en el medicamento una especie de "mal menor" , es decir, algo no deseable pero a lo que se debe recurrir para evitar que un mal mayor, como es la enfermedad, progrese.

Todas las actuaciones en este sector tienen esa intención, evitar que la “cosa vaya a mayores" porque si es así, se recurrirá ya al médico.

En general las razones para consultar con el médico en primer lugar, se basan en la gravedad percibida de la enfermedad o del malestar por parte del que la sufre o por su entorno más cercano, esto es, cual es la severidad que cree el individuo que tiene su situación. Una razón muy común para recurrir al profesional sanitario es que uno de los primeros síntomas sea la fiebre, pues ante esta eventualidad se suele recurrir inexcusablemente al médico. Ello nos demuestra como dentro de los modelos explicativos que la población tiene sobre sus propios padecimientos, unos síntomas más que otros, son señales de alarma, aunque tales creencias o percepciones no se correspondan necesariamente con la gravedad o levedad desde el punto de vista estrictamente biomédico Por ello hay que diferenciar entre la "dolencia" como modo de nombrar la percepción o experiencia que una persona o los que le rodean, tiene de que algo no funciona, o algo le está impidiendo su desenvolvimiento normal en su vida cotidiana, la "enfermedad" o la alteración objetivable desde el punto de vista biológico, como alteración en la morfología o funcionamiento orgánico.

Otra razón por la que se suele justificar la consulta al médico s basa en su competencia profesional para tratar las alteraciones que aquejan a la persona los médicos “saben más” y por tanto se recurre a ellos con la esperanza de que su conocimiento solucione la situación:

"voy al médico a ver si me pongo bueno/a (. ..)".

Como he dicho más arriba el trato dispensado por el médico es un factor básico en la consideración que de él tenga la población; ello hace que cuando se pregunta sobre el sentimiento que inspira el profesional de la Seguridad Social, las líneas divisorias entre la confianza, desconfianza y la indiferencia se centra precisamente en este trato es decir, en la calidad y muchas veces también en la cantidad, de la relación médico‑enfermo.

Lo más apreciado como responsable de la confianza que suscita entre la población el médico de la Seguridad Social, es el buen trato recibido, incluso por encima del éxito obtenido con respecto a la solución del problema por el que se consulta:

«me trata bien" ,"es muy atento" ,"se preocupa por los enfermos","siempre se ha portado bien conmigo" , “le dices las cosas y el te atiende bien",  "es una persona agradable”, “te atiende bien”, “te escucha”,

Son respuestas de los informantes que indican qué cualidades del médico son apreciadas entre sus pacientes. La disposición para prestar atención a las experiencias personales generadas por el padecimiento que motiva la consulta y a escuchar las ideas y explicaciones que sobre su situación tiene la propia persona provocan una corriente de comunicación y confianza que modela adecuadamente la relación médico‑enfermo. Por algunas personas es también valorada la circunstancia de que les asista el médico que les ha atendido durante años:

“lo tengo desde pequeño ( ... )", "es como si fuera de la familia".

También genera confianza la disposición a visitar a domicilio y franquear la visita al especialista.

Por el contrario el mal trato es el principal motivo de la desconfianza que inspiran algunos profesionales:

 "no atiende ( ... )", "no te escucha", "no dedica el tiempo suficiente (...); aunque en esta ocasión también resulta de mayor importancia el fracaso en solucionar el problema:

"no me ha dado resultado ( ... )" ,"si es algo importante no me fío”.

Una circunstancia muy mal tolerada es que el médico no reconozca sus propias limitaciones y no envíe a instancias superiores cuando no puede solucionar el problema:

"( ... ) no conoce las enfermedades complicadas", “no quiere resolver cosas que no están en su competencia ( ... )".

Por supuesto, aparece como generador de desconfianza el hecho de que no visite a domicilio.

En general, podemos decir que el médico es aceptado y por tanto se confía en él cuando está dispuesto a compartir las ideas que el propio enfermo tiene sobre su situación y que normalmente incluye explicaciones sobre la etiología, sintomatología, desarrollo, grado de severidad y tratamiento óptimo del malestar que le aqueja. Si el médico es consciente de que el que acude a él tiene estas ideas y está dispuesto a escucharlas y a armonizarlas con las que él mismo, desde su formación científica, tiene, y llegar a un diagnóstico y un tratamiento que sea comprendido por el paciente, este confía en el profesional. Por el contrario la desconfianza se genera cuando el médico no tiene en cuenta las ideas del paciente, y cuando desprecia todo aquello que no se adapte a su idea de la enfermedad como desajuste morfológico funcional :

"no me fío y la mitad de las cosas no se las digo",

rompiéndose así la buena comunicación y cooperación médico‑enfermo.

Cuando el médico de la Seguridad Social "no convence" bien porque no "(haya) acertado o no (haya) probado" o bien porque el trato recibido por el enfermo lo haga dirigirse a otras alternativas terapéuticas, dentro de estas la usada en mayor medida es el médico particular o "de pago", que aunque también está en el sector profesional presenta unas características distintas a las del Sistema Sanitario oficial. Pero aquí emerge una segunda figura como alternativa al médico de cabecera, el farmacéutico, categoría que incluye no necesariamente al licenciado sino al que atiende la oficina de farmacia.

En todo caso las razones que justifican el recurso a la medicina privada se centran sobre todo en el mejor trato que recibe el paciente parte de los profesionales en la misma línea de los que ya discutimos más arriba:

"me atiende mejor", "toman más interés" ,"te dedican más tiempo"

son respuestas comunes entre los informantes.

Otra razón frecuente es la exploración más detallada que realiza el médico de “pago”:

“reconocen mejor, te miran de más cosas",

lo que suele relacionarse o una mayor competencia profesional del profesional privado:  "saben más”.

Otra razón que lleva a la población a las consultas privadas, es huir de la masificación y la burocracia que conlleva el sistema sanitario oficial.

También se aduce la necesidad de contar con más de una opinión sobre el problema que aqueja al sujeto, por lo que es conveniente consultar o otro profesional diferente del de la Seguridad Social. Esto resulta particularmente referido cuando el tratamiento propuesto supone una intervención quirúrgica.

Como resumen de esta discusión sobre la consulta al médico particular podemos decir que si bien los profesionales privados basan su actuación también en el paradigma biomédico sobre el que se basa la medicina científica occidental, máxime cuando en muchas ocasiones simultanean la práctica oficial con la privada, están por razones organizativas, algo más dispuestos a prestar atención a lo que el paciente cree sobre su propia situación, por lo que la población los acepta mejor. También influye en esta mayor aceptación el que muchos de estos profesionales conozcan personalmente a sus clientes y tengan presentes otras circunstancias socioculturales ajenas a los estrictamente biomédicas lo que siempre redundará en una mayor calidad de la relación médico‑paciente.

A pesar de ello, el profesional más consultado en el conjunto de las vidas de nuestros informantes es siempre el médico de la seguridad social, que constituye el verdadero marco de referencia dentro del sector profesional de las alternativas terapéuticas que contempla la población, así como los remedios caseros y la automedicación y los consejos familiares lo constituyen en del sector popular.

 

 Relaciones entre la medicina científica moderna y el sector popular.

Este tema es muy importante pero hay pocos trabajos que se dediquen a estudiarlo. He recogido algunos testimonios no demasiado exhaustivos. Generalmente las posturas que adoptan los médicos se pueden reducir a tres:

·                                                                  La de agresividad y descalificación radical.

·                                                                   La de la curiosidad folclórica.

·                                                                   La de quien conoce científicamente, o al menos seriamente, este fenómeno.

No hace falta decir que, tanto el curanderismo, como la medi­cina popular, no pueden ser ignorados por la medicina; si bien en los países desarrollados no es primordial ‑dicho esto entre comillas‑, hay otros don­de es imprescindible, tal como se ha demostrado en muchos proyectos de investigación (12).

Para finalizar, deberíamos hacer mención de los patrones de acción de los clientes a la hora de decidir dónde van . No se puede simplificar la explicación del porqué una persona va al médico oficial o acude al sector popular. El tema económico tiene poca trascendencia. Los patrones que podemos encontrado son:

Patrón 1: Se recurre al sector popular porque han experimentado la eficacia         en forma de curación o mejoría de los síntomas que se padecen.

Patrón 2: Elección exclusiva de la opción de la medicina científica moderna.

Patrón 3: Elección casi exclusiva del sector popular.

Estas posturas radicales son, sin embargo, poco usuales entre la población que suele adoptar comportamientos más eclécticos y prácticos. Incluso una misma persona va modificando sus actitudes a lo largo del tiempo en uno u otro sentido, además de tener en cuenta que a veces hay una notable diferencia entre lo que se dice que se hace y lo que realmente se hace. Según esta perspectiva resulta muy interesante estudiar el itinerario que sigue un enfermo, y su familia, cuando tiene algún problema de difícil solución (esterilidad, enfermedades crónicas, etc) (13).

Elementos que proceden de la medicina científica

Antes hemos hablado de ciertos aspectos de la relación que se establece entre los dos tipos de medicina. La medicina científica está bien arraigada en nuestra sociedad como hemos podido comprobar en capítulos precedentes, pero también lo está la popular. La influencia sólo se da en una dirección en algunos elementos: de la medicina científica a la popular. Las prácticas de ambos sistemas cubren un ámbito funcional parecido. Esto se refleja cuando encontramos una demarcación de campos de competencia y el cliente, que busca desembarazarse del problema, acude a uno o a otro.

Muchos pacientes acuden por encima de todo a la medicina oficial pero también recurren al sector popular con más o menos frecuencia. En los medios de comunicación se habla, no siempre seriamente, de medicina y de “remedios”. Con esta situación es imposible que no haya un influjo o un proceso de interacción.

La antropología ha demostrado de una manera amplia que los sistemas que pensábamos que eran inamovibles no lo son. La medicina popular está abierta y toma elementos de donde puede.

Olavarrieta (14) propone unos patrones cognoscitivos para explicar la incorporación sucesiva de elementos de la medicina científica a la popular:

 

Patrón 1: Rechazo de prácticas de la medicina moderna. La explicación se realiza desde el marco teórico de la medicina popular. Un ejemplo podría ser el hecho de rehusar la aplicación de hielo sobre una inflamación en contra de la creencia popular de que lo que va bien para las inflamaciones es el calor.

Patrón 2: Aceptación de prácticas terapéuticas de la medicina moderna, cuando hay una evidencia empírica de su eficacia, sin que implique ningún cambio en el marco teórico de la medicina popular. Los ejemplos se multiplican.

Patrón 3: Aceptación de prácticas modernas cuya validez se explica en términos del marco teórico tradicional.

Patrón 4: Reconocimiento de la eficacia de prácticas tradicionales según el marco teórico científico. Esto es muy común en nuestro ambiente. Desde siempre se ha empleado el zumo de naranja de muchas formas para los resfriados. Hoy la gente habla de la acción de la vitamina C. El mismo fenómeno se observa en la utilización de hierbas; mucha gente da explicaciones de tipo científico que han escuchado de alguien o que han leído en algún lugar.

Patrón 6: Rechazo de las prácticas modernas en base al marco teórico moderno. Por ejemplo, mientras que existen médicos que garantizan la existencia de enfermedades de base sociocultural, hay pacientes que sostienen que toda enfermedad se debe a la actuación de algún agente etiológico (virus u otra causa)

 

CONCLUSIONES

La cultura puede entenderse como un sistema relativamente integrado de ideas, valores, actitudes, afirmaciones éticas y modos de vida, dispuestos en patrones de conducta que poseen una cierta estabilidad dentro de una sociedad dada, de tal manera que influyen en su conducta y estructura. Básicamente la cultura consiste en contenidos de conocimientos y pautas de comportamiento que han sido socialmente aprendidos. Este concepto se alcanza mediante sus resultados tangibles que son las acciones sociales y sus efectos. Ambos obedecen a normas, creencias, actitudes, a las que se llega por inducción. La creencia en las prácticas mágicas y rituales simbólicos es intangible y abstracta pero se concreta en un sistema de normas de conducta, un tipo de relación, etc.., como hemos visto antes.

La cultura tiene muchos elementos, como los cognitivos, las creencias, los valores y las normas ‑que enmarcan nuestra actitud‑, los signos ‑símbolos y señales‑ y los modos no normativos de conducta.

Todo fenómeno sociocultural entraña tres componentes básicos:

a)                                                   Significados, valores y normas;

b)                                                   Medios biofísicos que los objetivan.

c)                                                     Seres humanos conscientes que los crean, los utilizan y operan con ellos en el proceso de sus interrelaciones.

Esta situación disfruta de tres niveles de comprensión. El primero es el nivel simbólico‑ideal que incluye creencias, nociones y valores y normas sobre la realidad social. El segundo es el nivel de la acción social, donde se plasma el anterior, aunque no lo expresa totalmente. El tercero, es el nivel material de la realidad cultural y es una especie de solidificación de los dos anteriores.

 

 

Se da por supuesto que todo lo que he dicho es en relación con la promoción de la salud y la lucha contra la enfermedad. Antes que nada deberíamos ocuparnos de establecer la concepción que subyace a la enfermedad, es decir, el conjunto de ideas que da validez y explica los procedimientos que hemos visto y que continuaremos viendo. Esta concepción es, en principio, la que está vigente para la medicina popular. El objetivo, en cambio, es difícil de alcanzar por la escasez de estudios de tipo etnográfico y etnológico sobre el tema. Somos conscientes de que si superamos de alguna manera este nivel se podrían procesar mejor los datos de campo y huir de las listas de plantas, remedios, etc. o dicho de otra forma, de la mera acumulación de datos.

Desde su primera existencia el hombre ha tenido conciencia y experiencia de la enfermedad, pero que han sido mediatizadas por el concepto y extensión que cada cultura le atribuye a la enfermedad, de tal forma que para analizar este tema es necesario partir de tres aspectos antropológicos médicos básicos:

·                                                                          La enfermedad es universal.

·                                                                          Todos los grupos humanos desarrollan algún sistema para luchar contra la enfermedad.

·                                                                          Dentro de su marco cultural crean teorías más o menos elaboradas para explicar, diagnosticar, y a veces, justificar la enfermedad.

Se resalta de esta forma la importancia que tiene la cultura en la etiología de la enfermedad, e incluso en las formas de organizar el sector sanitario  en la medicina denominada “oficial”.

Por tanto, no solamente la imperfección, el dolor y el deterioro del cuerpo configuran la enfermedad. La construcción ideológica de una cultura influye en el sentido y significado que se le otorga a la vida, enfermedad, y por tanto, a la salud, pero de una forma inalterable, siendo precisamente, el estudio de los conceptos de salud y enfermedad, los que pueden conducirnos a una cosmovisión de una cultura dada. El concepto salud-enfermedad no se presenta como algo estático, inmóvil y definitivamente fijado, sino, más bien, se muestra en constante cambio y evolución.

A pesar de que el significado dado al fenómeno de la enfermedad ha variado entre las diferentes culturas históricas, su importancia social es el resultado de un factor común a todas ellas: la amenaza que representa para el ser humano y su sociedad. Cada sociedad se ha enfrentado a esta amenaza con una organización social específica rela­cionada con la interpretación dada a la enfermedad: canibalismo en el mundo sin dioses, magia y hechicería en un mundo lleno de espíritus y diablos, religión en un mundo domina­do por la idea de dioses, y medicina científica en un mundo en el cual la ciencia se convierte en la nueva "religión" (15) .

En las sociedades contemporáneas, a pesar de que la enfermedad, por lo general, ya no acarrea los niveles catastróficos que suponía en sociedades anteriores, la enfermedad es vista como una amenaza para la cohesión del grupo social y para el funcionamiento de la sociedad, en tanto que les priva de algunos de sus miembros (16: Parsons 1958)).

La enfermedad entendida en términos biológicos es la expresión de la relación del hombre con su ambiente, con la naturaleza que le rodea. La enfermedad es el resultado de la continua lucha del hombre por la supervivencia y por el control de la naturaleza. La enfermedad entendida en términos de estar enfermo es la expresión de los significados que las personas dan a su relación con el ambiente que les rodea.

La enfermedad genera diferencias entre la persona enferma y la persona sana al ser fuente de dolor, incapacita para el funcionamiento, e impide el pleno disfrute de la vida. La enfermedad no se distribuye sobre la población de una forma regular. Ciertos grupos socia­les están enfermos más a menudo y algunas poblaciones mueren más elevadas que otras­. Las diferencias en mortalidad y esperanza de vida entre las diversas clases sociales han sido observadas durante siglos, y ha quedado de manifiesto que las clases sociales más bajas están sujetas a mayores tasas de mortalidad, morbilidad e incapacidad.

Muchas veces tales síntomas no son incluso reconocidos como síntomas de enfermedad debido a la falta de información científica y a la preponderancia del saber popular, o debido al hecho de que la experiencia de dolor y malestar derivada de los síntomas es considerada como un componente de experiencias culturalmente aceptadas. Pero, in­cluso cuando la seriedad de los síntomas es reconocida, las respuestas a ellos variará de un grupo social a otro, y la utilización de los servicios médicos no ser automática.

Considero, que la salud y la enfermedad son conceptos, mientras que la persona enferma es una realidad. Lo que verdaderamente interesa es el hombre que sufre y que pide ayuda. Los enfermos no se quejan de enfermedades, sino de variaciones y cambios en su estado físico y mental. Ante esta multiplicidad de síntomas, los pacientes incorporan su propia experiencia de enfermedad y su acervo cultural, de manera que reaccionan o se comportan de forma idiosincrásica frente a su estado de limitación funcional. A veces tienen conductas que facilitan extraordinariamente su proceso de recuperación, mientras que en otras ocasiones sus comportamientos se alejan de los patrones habituales y sus reacciones son imprevisibles, obstaculizando seriamente su mejoría clínica.

A la relativa complejidad del término enfermedad, hay añadir la dificultad que existe en establecer el límite entre salud y enfermedad.

Es un proceso dinámico. En conjunto, se puede afirmar que el concepto de salud-enfermedad es complejo y relativo. Es tener en cuenta criterios objetivos, subjetivos, socioculturales y la propia personalidad del paciente, además de las variantes transculturales.

Teniendo en cuenta este contexto si se trata de hacer un estudio a cerca de las creencias de la enfermedad de una cultura popular), el panorama teórico se complica.

Desde mi perspectiva, a todos nos infunden temor la enfermedad y la muerte. Pero no hablamos acerca de ello. Ni con los demás ni con nosotros mismos. En lugar de sobreponernos a este temor saliendo con franqueza al encuentro de la enfermedad y de la muerte como las más reales posibilidades de nuestra existencia y entablar al respecto una conversación grave, eludimos esta conversación haciendo ver que la enfermedad y la muerte no existen. Las costumbres sociales contemporáneas facilitan mucho esta actitud. En épocas anteriores de la historia eran muy visibles para todo el mundo la enfermedad y la muerte. Los enfermos andaban por las calles, estaban sentados al borde de los caminos, los leprosos anunciaban su presencia con el tableteo de sus matracas, sus procesiones eran advertencias visibles que ponían sobre aviso acerca de las procesiones, más silenciosas, de la peste y el cólera, que con cierta regularidad azotaban Europa. La muerte tenía una forma que atañía a cada cual de una manera inmediata. En la danza de la muerte se imprimía un significado que todo el mundo entendía. Cuando fallecía alguien, la población entera participaba de su entierro convocado por el doblar de las campanas, se lo conducía a la vista de todo el mundo al cementerio, que, por lo demás, se hallaba en el corazón de la ciudad, junto a la iglesia, el centro. La muerte, al igual que la enfermedad, eran presencias constantes. No puede ya decirse lo mismo, ni mucho menos, en nuestros tiempos. A los enfermos se les retira de la vida pública. Se hallan internados y viven en hospitales y sanatorios. Si se visitan estos centros, es muy poco de ordinario lo que se advierte en ellos acerca de la enfermedad y de la muerte.

El comportamiento del hombre ante la muerte a lo largo de la historia estado siempre lleno de ambigüedad, entre la inevitabilidad de la muerte y rechazo (17). La conciencia de la muerte es una característica fundamental del hombre. El animal envejece y muere. El hombre también envejece y muere. Sin embargo, hay tres diferencias fundamentales (18):

El hombre es el único animal que sabe que envejece.

         El hombre es el único animal que sabe que ha de morir.

El hombre es el único animal al que le duele la vejez y le teme a la muerte.

Como dijera Schopenhauer (19) : "... El animal conoce la muerte tan sólo cuando muere; el hombre se aproxima a su muerte con plena conciencia ella en cada hora de su vida". Aunque algunas especies no humanas lloran, al igual que los seres humanos, por la pérdida del compañero, y también por la pérdida de otros miembros de la comunidad, los seres humanos parecen ser los únicos en advertir que tanto ellos como sus congéneres han de morir y que la muerte y la enfermedad ya arrasaron a múltiples generaciones anteriores.

Por tanto, la enfermedad nos sitúa irremediablemente ante la muerte. Pero el acercamiento entre los conceptos de muerte y enfermedad se produce a través de las creencias religiosas: en toda religión se atribuye un sentido y un significado a la muerte, en este sentido, también a la vida. Por lo que también dota de significado a la enfermedad, ya que esta representa el encuentro potencial con la muerte. Desde el punto de vista de las creencias religiosas de los grupos sociales, reaparece constantemente un significado de la enfermedad: ésta representa la encarnación del mal y dado que toda religión persigue la consecución del “Bien”, éste se trasforma en una forma de establecer el combate contra la enfermedad. Por tanto, se trata de un proceso identificativo Dios- ausencia de enfermedad (salud) en el pensamiento popular.

En cualquier caso, me parece importante considerar que en el discurrir humano a lo largo del proceso dinámico vital salud-enfermedad median una serie de aspectos religiosos más o menos peculiares y diferenciales en base al grupo social o cultura de referencia.

El concepto enfermedad en estos pueblos además nos remiten a dos aspectos fundamentales: el desconocimiento de la enfermedad y la pérdida de control.

En general, podemos considerar, que toda la historia de la medicina está llena de ejemplos que demuestran que la ciencia ha rechazado con mayor o menor virulencia los aspectos creenciales relacionados con la salud y la enfermedad (1). Esto fue muy patente en el siglo XIX con las corrientes positivistas y los logros alcanzados por la ciencia y la práctica médicas. También se pensó que las conquistas sociales y el acceso de la mayoría a una educación más elevada y científica harían desaparecer todo tipo de «supersticiones». Unas décadas más tarde la realidad nos muestra que estas afirmaciones eran bastante ingenuas.

 Como reflexión personal, en relación con la medicina popular, ésta se encontraba fuera de mi esfera de comprensión, ya que donde existe una formación médica oficial, aunque sea desde la perspectiva de los cuidados de enfermería, no se permite el acceso a esta comprensión. Quizás en el cuidado directo que he mantenido con pacientes y otras personas, la medicina popular estaba más cerca de lo que podía imaginar, pero ¿por qué se recurre a la medicina popular disponiendo de una medicina científica tan avanzada?. Algo que ahora puedo reflexionar y que siempre había rechazado como pensamiento lógico es, que en muchos casos, sobre todo pacientes ancianos y terminales, argumentaban en contacto con la terapéutica popular como posible solución a su problema vital, aspecto considerado por el equipo médico implicado en sus cuidados, como algo irracional, ilógico e incluso en ocasiones desaconsejado y rechazado por su posible interferencia en los tratamientos aplicados. Claramente, se trata de un error bastante grave. Opino que existe un fenómeno de resurgimiento de la medicina popular en nuestro país (sobre todo en enfermedades incurables), en el que creo influyen factores económicos (escasez de psicoterapeutas de buena formación). También influye el lenguaje académico y estético de éstos. Pero sobre todo influye la conducta de la medicina oficial, especialmente su insistencia en tratar al enfermo exclusivamente bajo el aspecto somático y en no tener en cuenta los problemas emocionales. En estas circunstancias, la mayoría de los pacientes buscan ayuda en condiciones adaptadas a su entorno social, en la llamada medicina popular. Existe así una tendencia a dividir las enfermedades en somáticas y no somáticas, esto es, en enfermedades para cuya curación se acude a la medicina oficial (ambulatorio, seguro, etc.) y enfermedades que «no son tales», sino «hechizamientos» o «ataques de espíritus» para cuya curación posible se acude al curandero. Esta separación se da solamente allí donde la medicina popular pervive junto a la medicina oficial. Ello quiere decir que el sector popular es una parte importante del cuidado de la salud en nuestro país, especialmente en zonas rurales, pueblos y aldeas, y regiones poco o nada industrializadas. Ahora bien, los habitantes de las ciudades acuden cada vez con más frecuencia al sector popular y no sólo los de las zonas rurales.

La masificación de la medicina pública y el alto costo de la medicina privada tienen evidentemente que ver en ello. Pero algo tiene que ver también el hecho de lo que se conoce como «deshumanización» no sólo de nuestra medicina sino también de nuestra cultura tecnificada. La expansión del sistema ciencia aleja al individuo del universo simbólico de significados globales. Por otra parte, a ese «vacío» responde también la amplia oferta cultural de significados de todo tipo y de modelos identificatorios generalmente importados. Puede ahora decirse que al menos una de las significaciones deducibles del curanderismo es que el interior del hombre mismo no es algo pura y simplemente individual sino que esa individualidad se nutre y es el reflejo de una colectividad de sentido, un simbolismo cultural y compartido sin el que el individuo mismo se disuelve.

El predominio casi exclusivo de los aspectos curativos de la Medicina en las últimas décadas, basado fundamentalmente en la aplicación de alta y costosa tecnología, ha conducido por una parte, a una deshumanización de la medicina y por otra a una injusta distribución de los recursos económicos, en detrimento de aquellos enfermos no curables y que además no precisan de dicha tecnología (11).

De acuerdo a todos los parámetros objetivos, la población de las naciones industrializadas es más saludable que nunca, y sin embargo aumenta la insatisfacción con la medicina y crece la evidencia de que las personas perciben que su salud está peor. Los costos se han disparado, las esperas son interminables, el trato es impersonal... la lista prosigue sin fin. Una población cada vez más anciana se preocupa porque siente que sus años postreros serán penosos y carentes de dignidad; así, enormes sumas de dinero y otros recursos se invierten en refinadas soluciones tecnológicas que benefician a unos pocos o conservan con vida a algunos durante unos meses más. Terapias agresivas de escasos resultados son aplicadas al mismo ritmo que las exitosas. El sistema parece estar fuera de control, y todos los segmentos de la sociedad se culpan entre sí. La triste realidad es que, si hay un elemento de verdad en esa letanía, todos somos culpables, por habemos dejado arrastrar a creer en promesas y expectativas milagrosas por parte de la medicina científica. Los científicos han prometido curaciones maravillosas como resultado de la investigación básica, los médicos han prometido postergar la muerte y eliminar el sufrimiento con la especialización y la tecnología  punta, la industria farmacéutica advierte que si merman sus beneficios cesará la producción de nuevas drogas salvavidas, la prensa informa sin pausa de nuevos milagros en este campo y los pacientes los presionan a todos, con desesperada necesidad de creerles.

Muy pocos son los documentos escritos que poseemos acerca de cómo se luchaba en el pasado contra la enfermedad desde frentes distintos a los de la medicina científica moderna. Si bien la preocupación por la «cultura popular», es decir, por la cultura no oficial, o la de los grupos que no formaban parte de la élite, mereció el interés de los estudiosos de diversas disciplinas en el siglo XIX, apenas disponemos de fuentes adecuadas para poder llegar a un conocimiento cabal de cómo fue la medicina popular en esta época y en las anteriores, así como de la relación existente entre los diversos tipos de medicina.

Durante el presente siglo se han realizado algunas aportaciones más sobre el tema desde disciplinas diversas y con resultados desiguales. Las ciencias sociales permiten acercarse a la realidad superando el nivel de lo que llamamos «sentido común», como las creencias que llevaron a los científicos de principios del XX a hacer afirmaciones optimistas.

El ser humano es capaz de vivenciar, de razonar, de imaginar, de delirar o de soñar; y sólo el hombre es capaz de dar significaciones específicas y propias a la realidad; incluso es el solo capaz de alterar la significación de la realidad.

La realidad es vivenciada y humanizada según un proceso psicogenético y cultural. El hombre y sólo el hombre es capaz de dar significación a la realidad partiendo de su entorno, construir un mundo de símbolos y significaciones y vivir en él, por ello, «el hombre es capaz de vivir simultáneamente en un mundo lógico y mágico: el arte, las religiones, el mito, la filosofía y la ciencia muestran esa posibilidad humana de interponer un campo de significaciones entre la realidad y su percepción» (20).

Sabemos igualmente que el hombre no sólo forma un sistema que le permite interpretar el sentido de los símbolos aceptados, sino que es capaz de adscribir significación nueva a determinadas expresiones simbólicas.

La díada individuo-mundo es mucho más que la de individuo-medio. El hombre escapa a lo puramente biológico para situarse en lo histórico-cultural y en el mundo de lo simbólico. Es en esta perspectiva «mundanal» donde el hombre se realiza como ser histórico y cultural y donde cada categoría del ser y del actuar adquieren las matizaciones y las formas de su propio proceso histórico.

Por esta compleja realidad pasan las vivencias de la salud y de la enfermedad,  en sus formas y expresiones más diversas participando de la realidad humana que se extiende desde el pensamiento lógico-formal a lo delirante y mítico, proyectándose en una religiosidad personalizada o expresada en formas más indiferenciadas.

La enfermedad es la representación simbólica de una situación antinatural, dolorosa, irracional, incontrolada, maligna, pecadora e impura, lo cual contradice al equilibrio natural que requiere ser armonioso y homeostático. La enfermedad destruye la estabilidad del binomio hombre-naturaleza, y sólo lo sobrenatural puede desencadenar esta ruptura o desestabilización. Es por ello, que posiblemente, a lo sobrenatural se dote de los aspectos de “pureza”, “bien” y “gracia”.

 

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