Ideas principales del libro escrito por Manuel Delgado “El animal público”

 

 

El libro empieza exponiendo lo comprometido que es explicar en qué consiste la antropología, sus objetos y sus objetivos, y tener que explicar su papel en contextos en los que no se la esperaba.

El conocimiento de las sociedades exóticas, motivo que fundó la antropología como disciplina, carece hoy de sentido, en un mundo  globalizado en que ya no es posible encontrar una comunidad exenta culturalmente determinada y socialmente integrada, que la etnografía había convertido en su objeto de estudio.

Ya no hay comunidades simples o primitivas, ni culturas claramente contorneables, capaces de organizar la experiencia humana a través de una visión del mundo omniabarcativa con la excepción de los fanatismos ideológicos o religiosos de cualquier signo.

Puede pensarse que el antropólogo tiene que acabar estudiando los restos que las demás ciencias sociales renuncian a tratar, como si el antropólogo sólo estuviera legitimado a actuar sobre rarezas sociales y extravagancias culturales.

La tendencia a asignar a los antropólogos, y de muchos antropólogos a asumirlas como propias, tareas de inventariado, tipificación y escrutamiento de sectores conflictivos de la sociedad (inmigrantes, sectarios, jóvenes, gitanos, enfermos, marginados, demostraría la inclinación a hacer de la antropología de las sociedades industrializadas una especie de ciencia de las anomalías y las desviaciones.

 

COMENTARIO DE LA AUTORA de este trabajo : no suscribo la idea  de que los enfermos, jóvenes, jóvenes... se les considere sectores conflictivos de la sociedad

 

La antropología

La antropología debe seguir atendiendo en las sociedades urbano-industriales a su objeto de conocimiento, es decir la vida cotidiana de personas ordinarias que viven en sociedad. El etnólogo no debe renunciar a lo que ha sido la aportación de su disciplina a las ciencias sociales, tanto en el plano epistemológico como deontológico, aplicación del método comparativo, vocación naturalista y empírica, atenta a lo concreto, a lo contextualizado, planteamientos amplios y holísticos, desarrollo de técnicas cualitativas de investigación, y un relativismo que nunca deja de ser relativo al querer ser coherente consigo mismo.

 

La antropología urbana surge de  la vocación de la antropología de mirar a su manera la vida de cada día y aquí.

 

Como ha señalado Ulf Hannerz,  en Exploración de la ciudad los antropólogos urbanos pueden ser considerados como un tipo particular de instrumentos epistemológicos, o si se prefiere, como antropólogos que analizan un tipo particular de ordenamiento.

 

La contribución específica de lo urbano a la antropología consiste en sus contribuciones  a la variación humana en general. El método comparatista le permite al antropólogo aplicar instrumentos conceptuales que han demostrado su capacidad explicactiva en otros concextos. Sin contar la importancia que puede tener a la hora de hacer pensar sonre el significado de la diversida cultural y hasta qué punto nos son indispensables sus beneficios  a un nivel moral.

Al preguntarse sobre el objeto de la antropología urbana diferencia entre ciudad y urbano.  La ciudad no es lo mismo que lo urbano, la ciudad es un gran asentamiento de construcciones estables, habitado por una población numerosa y densa, la urbanidad es un tipo de sociedad que puede darse en la ciudad o no.

Lo urbano tiene lugar en otros muchos contextos que trascienden los límites de la ciudad en tanto que territorio, hay ciudades en las que la urbanidad como forma de vida aparece, inexistente o débil. La urbanidad implica movilidad, equilibrios precarios en las relaciones humanas, agitación, lo que da pie a la constante formación de sociedades coyunturales e inopinadas, cuyo destino es disolverse al poco tiempo de haberse generado.

En el sentido de lo urbano, una antropología urbana sería una de configuraciones sociales escasamente orgánicas, poco o nada solidificadas, sometidas a oscilación constante y destinadas a desvanecerse enseguida, es decir una antropología de lo inestable por estar estructurándose, creando protoestructuras que quedarán finalmente abortadas. Una antropología de lo que es sorprendido en el momento justo de ordenarse, pero sin que nunca podamos ver finalizada su tarea, básicamente por sólo es esa tarea.

 

Se trata de aplicar métodos y criterios antropológicos a hechos que tienen bastante de inéditos.

Toda la muchedumbre que se agita por el espacio público a su aire, que va a la suya, a su rollo, la conforman tipos que son poco más que su propia coartada, que siempre tienen algo que ocultar, que siempre planean alguna cosa, personajes que, porque están vacíos, huecos, pueden devenir conductores de todo tipo de energías. Una inmensa humanidad intranquila, sin asiento, sin territorio, de paso hacia algún sitio, destinada a disolverse y a reagruparse constantemente, excitada por un nomadeo sin fin y sin sentido, cuyos estados pueden ir de la estupefacción o la catatonia a los espamos más impredecibles, a las entradas en pánico o a las lucideces más sorprendentes. Victoria final de la heteronómico y de lo autoorganizado, esa sociedad molecular, peripatética y loca, que un día se mueve y al otro se moviliza, merece tener también su antropología.

En un espacio público definido por la visibilidad generalizada, paradójicamente el antropólogo ha de moverse por fuerza casi a tientas, conformándose con distinguir apenas brillos y perfiles. Indispensable par ello dotarse de técnicas con que registrar lo que se deja adivinar, estrategias de trabajo de campo adaptadas al estudio de sociedades inesperadas, pero también artefactos categoriales especiales, conceptos y maneras de explicación que, para levantar acta de formas sociales hasta tal punto alteradas, deberían recabar la ayuda tanto del arte y la literatura como de la filosofía y de todas las disciplinas científicas que se han interesado por las manifestaciones de la complejidad en la vida en general.

La antropología de los espacios públicos, puede trazar un árbol genealógico en cuyas raíces y ramificaciones  aparecerán autores como Gabriel Tarde, George Simmel, G.H. Mead, los teóricos de la Escuela de Chicago en general, Henri Lefebvre, Michel de Certeau, así como disciplinas en bloque, como la sociolingüística interaccionista, la etnografía de la comunicación, la etnometodología o la microsociología, un marco éste en el que  Erving Goffman brilla con luz propia.

El autor de este libro con sus aportaciones quiere sumarse a las procuradas por antropólogos y sociólogos europeos, entre de los que más ha aprendido destaca a Jean Remy, Georges Gutwirth, Colette Pétonnet  y de forma especial  Isaac Joseph.

Esta obra interpela de algún modo, lo dicho hace tres décadas por teóricos como Jane Jacobs y Richard Sennet, que denunciaron la decadencia de un espacio público que sólo merecía la pena por lo que conservaba del caos amable en movimiento y de la disonancia creativa que habían conocido a lo largo del siglo XIX. De aquella riqueza sólo quedaba lo poco que las políticas urbanísticas, las vigilancias intensivas en nombre del mantenimiento del orden público, la zonificación, la suburbialización y el despotismo de los automóviles habían respetado. Se debe de reconocer que la situación del espacio público ha cambiado de manera sustantiva desde entonces, de forma que muchas de las prácticas que le eran propias y que podían antojarse en crisis están reapareciendo con extraordinaria fuerza en los últimos años. Se vive un momento en que la calle vuelve a ser reivindicada como espacio para la creatividad y la emancipación, al tiempo que la dimensión política del espacio público es crecientemente colocada en el centro de las discusiones a favor de una radicalización y una generalización de la democracia. También hay que contar con la irrupción en la escena de nuevas modalidades de espacio público, como el ciberespacio, que obligan a una revisión al alza del lugar que las sociedades entre desconocidos y basadas en la interacción efímera ocupan en el mundo actual.

El autor se pregunta, en esta obra, si nuestra civilización es la primera en practicar formas de anonadamiento, de nihilización, de puesta a cero que representen la conciencia de que todo orden social es polvo y en polvo habrá de convertirse.

Es  en la antropología simbólica  la etnología de la religión donde podemos encontrar materiales con los que el antropólogo puede jugar , también en la ciudad, a lo que mejor sabe, comparar y experimentar.

 En ese mismo ámbito que integran los ritos y los mitos, es donde encontramos técnicas destinadas a poner de manifiesto cómo no hay nada en la organización del mundo que no se perciba como susceptible de desintegrarse en cualquier momento, para volverse a conformar de nuevo, de otra manera, ya que todas las sociedades instalan sus principios más inalterables y los axiomas de los que depende su continuidad y la del universo mismo, en sus ritos y mitos. Por ello esta obra propone a autores centrales en la antropología de los simbolismos rituales: Emili Durkheim, Arnold Van Gennep, Marcel Mauss, Claude Lévi-Strauss, Gregory Bateson, Michel Leiris, Alfred Métraux o Victor Turner, entre otros.

Al antropólogo se le pide, que reconozca ahora y aquí, alcanzando una intensidad inédita, generalizándose, lo que ya había tenido la ocasión de contemplar antes, en otros sitios, en otras dosis, lo insensato de las sociedades, las agitaciones inesperadas que de tanto en tanto sacuden el orden del mundo, lo deforme o lo amorfo de los organismos sociales, la impotencia de las instituciones, todo lo extraño e incalculable que está siempre debajo, sosteniendo en secreto las estabilidades aparentemente más sólidas, las congruencias, los equilibrios siempre en falso que le permiten a las comunidades sobrevivirse a sí mismas, todo lo que aguarda  en silencio el instante preciso de revelarles a los mortales de qué es de lo que está hecha en realidad su sociedad.

Esta obra está compuesta de cinco capítulos:

El primero, la heterópolis, la experiencia de la complejidad

El segundo, hacia una antropología fílmica

El tercero, la sociedad y la nada

El cuarto, actualidad de lo sagrado y por último el quinto una niebla oscura a ras del suelo.

 

El primero, la heterópolis, la experiencia de la complejidad

 

Me impresionó una cita con la que comienza el capítulo, “qué difícil es olvidar a alguien a quien apenas conoces” de Isabel Coixet en Cosas que nunca te dije

 

El capítulo comienza haciendo una distinción entre la ciudad y lo urbano.

 

la ciudad es una composición espacial definida por la alta densidad poblacional y el asentamiento de un amplio conjunto de construcciones estables, una colonia humana densa y heterogénea conformada esencialmente por extraños entre sí.

La ciudad, en este sentido, se opone al campo o a lo rural, ámbitos en que tales rasgos no se dan.

Lo urbano es un estilo de vida marcado por la proliferación de urdimbres relacionales deslocalizadas y precarias.

También habla de la urbanización como proceso consistente en integrar crecientemente la movilidad espacial en la vida cotidiana, hasta un punto en que ésta queda vertebrada por aquélla.  

En los espacios urbanizados los vínculos son preferentemente laxos y no forzosos, los intercambios aparecen en gran medida no programados, los encuentros más estratégicos pueden ser fortuitos, domina la incertidumbre sobre interacciones inminentes, las informaciones más determinantes pueden ser obtenidas por casualidad y el grueso de las relaciones sociales se produce entre desconocidos o conocidos de vista.

Históricamente hablando, la urbanidad no sería, una cualidad derivable de la aparición de la ciudad en general, sino de una en particular que la modernidad habría generado aunque no ostentara en exclusiva.

 

Presupuestos cercanos a la escuela de Chicago, R. Redfield y M. Singer asociaron lo urbano a la forma de ciudad que llamaron heterogenética, en tanto que sólo podía subsistir no dejando en ningún momento de atraer y producir pluralidad. Era una ciudad ésta que se basaba en el conflicto, anómica, desorganizada, ajena u hostil a toda tradición, cobijo para heterodoxos y rebeldes, dominada por la presencia de grupos cohesionados por intereses y sentimientos tan poderosos como escasos y dentro de la cual la mayoría de relaciones habían de ser apresuradas, impersonales y de conveniencia.  Lo contrario a este tipo de ciudad era la ciudad ortogenética, apenas existente hoy, asociada  a los modelos de la ciudad antigua u oriental, fuertemente centralizada, ceremonial, burocratizada, aferrada a sus grandes tradiciones, sistematizada etc.

Lo opuesto a la urbano no es lo rural, sino una forma de vida que puede asociarse al conjunto de fórmulas de vida social basadas en obligaciones rutinarias, una distribución clara de roles y acontecimientos previsibles, fórmulas que suelen agruparse bajo el epígrafe de tradicionales o premodernas. Lo urbano podríamos asociarlo con el distanciamiento, la insinceridad y la frialdad en las relaciones humanas con nostalgia de la pequeña comunidad basada en contactos cálidos y francos y cuyos miembros compartirían una cosmovisión, unos impulsos vitales y unas determinadas estructuras motivacionales. Por el lado más positivo, lo urbano propiciaría un relajamiento en los controles sociales y una renuncia a las formas de vigilancia y fiscalización propias de colectividades pequeñas en que todo el mundo se conoce. En este sentido lo urbano contrastaría con lo comunal.

Las instituciones socioculturales primarias, familia, religión, sistema político, organización económica, constituyen, al decir de Pierre Bourdieu, estructuras estructuradas y estructurantes, es decir sistemas definidos de diferencias, posiciones y relaciones que organizan tanto las prácticas como las percepciones, podríamos decir que las relaciones urbanas son, en efecto, estructuras estructurantes, puesto que proveen de un principio de vertebración, pero no aparecen estructuradas, esto es concluidas, rematadas, sino estructurándose, en el sentido de estar elaborando y reelaborando constantemente sus definiciones y sus propiedades, a partir de los avatares de la negociación ininterrumpida a que  se entregan unos componentes humanos y contextuales que raras veces se repiten.

La antropología urbana se asimilaría en gran medida con una antropología de los espacios públicos, es decir de esas superficies en que se producen deslizamientos de los que resultan infinidad de entrecruzamientos y bifurcaciones, así como escenificaciones que no se dudaría en calificar de coreográficas, su protagonista no son comunidades coherentes, homogéneas, atrincheradas en su cuadrícula territorial, sino los actores de una alteridad que se generaliza, paseantes a ala deriva, extranjeros, viandantes, trabajadores y vividores de la vía pública, disimuladores natos, peregrinos eventuales, viajeros de autobús, citados a la espera… todo aquello en que se fijaría una eventual etnología de la soledad, pero también grupos compactos que deambulan, nubes de curiosos, masas efervescentes, coágulos de gente, riadas humanas, muchedumbres ordenadas o delirantes, múltiples formas de sociedad peripatética, sin tiempo para detenerse, conformadas por una multiplicidad de consensos sobre la marcha. El objeto de la antropología urbana serían estructuras líquidas, ejes que organizan la vida social en torno a ellos, pero que raras veces son instituciones estables, sino una pauta de fluctuaciones, ondas, intermitencias, cadencias irregulares, confluencias, encontronazos...esta antropología urbana entendida no como en o de la ciudad, sino como las inconsistencias, inconsecuencias y oscilaciones en que consiste la vida pública en las sociedades modernizadas, no parte de cero , debería reconocer su deuda con las indagaciones y los resultados aportados por corrientes sociológicas que anticiparon métodos específicos de observación y de análisis para lo urbano, estos teóricos de la inestabilidad social no surgieron de la nada, vinieron a formalizar todo lo que antes y en torno a la noción de modernidad, había prefigurado una tradición filosófica que, constatando la creciente disolución de la autoridad de la costumbre, la tradición y la  rutina, se fija en lo que ya es ese torbellino social del que hablara por primera vez Rousseau, también Marx e Engels, Marshall Berman y Nietzxche. En literatura Baudelaire, Balzarc, Gogol, Poe, Dostoivski, Dickens o Kafka, entre otros, harán de esa zozobra el tema principal de sus mejoras obras.

Una biografía de esas ciencias sociales de lo inestable y en movimiento tendría como pioneros a los teóricos de la Escuela de Chicago y el primer interaccionismo simbólico de G. H. Mead, en Estados Unidos, a G. Simmel, en Alemania y a discípulos de Durkheim como M. Halbwach en Francia. Todos ellos coincidieron en su preocupación por los estilos de vínculo social específicamente urbano.

La primera escuela en ensayar la incorporación de métodos cualitativos y comparatistas típicamente antropológicos, desde la constatación de que lo que caracteriza a la cultura urbana era justamente su inexistencia en tanto que realidad dotada de uniformidad fue la de Chicago

En el marco de la sociología alemana de principios de siglo se plantea el problema de cómo capturar lo fugaz de la realidad, esa pluralidad infinita de detalles mínimos que la sociología formal renunciaba a captar y para cuyo análisis no estaba ni preparada ni predispuesta.

Incorporando argumentos procedentes de la etnosemántica, de la antropología social, del estructuralismo o del cognitivismo aparecen en los años cincuenta y sesenta una serie de tendencias atentas sobre todo a las situaciones, a las relaciones de tránsito entre desconocidos totales o relativos que tenían lugar preferentemente en espacios públicos.

Los interaccionistas simbólicos contemplaron a los seres humanos como actores que establecían y restablecían constantemente sus relaciones mutuas, modificándolas o dimitiendo de ellas en función de las exigencias dramáticas de cada secuencia, desplegando toda una red de argucias que organizaban la cotidianeidad.

La etnometodología interpretó la vida cotidiana como un proceso mediante el cual los actores resolvían significativamente los problemas, adaptando a cada oportunidad la naturaleza y la persistencia de sus soluciones prácticas.

Tanto la perspectiva etnometodológica como la interaccionista se conducían a la manera de una radicalización de los postulados del utilitarismo y del pragmatismo, matizados por la sociología de Durkheim. Del viejo utilitarismo se desarrollaban las premisas básicas de que el ser humano era mucho más un agente que un cognoscente y de que la racionalidad, como concepto, se refería a los medios y conductas concretas que mejor se adaptaban a la consecución de los fines.

De la escuela pragmática norteamericana se llevaba a sus consecuencias más expeditivas la noción de experiencia, entendida como prospectiva para la acción futura, fuente de usos práctico-normativos, una guía para la conducta adecuada, interpretada ésta no sólo como  actividad, sino también como proceso de conocimiento del mundo.

El marco simbólico que funda la antropología social británica es interaccionista, R. Brawn definió un proceso social como una inmensa multitud de acciones e interacciones de seres humanos, actuando individualmente o en combinaciones o grupos. En el medio estructural-funcionalista se vino a reconocer que los contextos urbanos requerían formas específicas de percibir, anotar y analizar.

El ámbito de lo urbano por antonomasia era no tanto la ciudad en sí como sus espacios usados transitoriamente, sean públicos, la calle, los vestíbulos, los parques, el metro, la playa o la piscina, acaso la red de Internet o semipúblicos, cafés bares, discotecas, grandes almacenes, superficies comerciales, etc

Lo urbano demanda también una reconsideración de las estrategias más frecuentadas por las ciencias sociales de la ciudad. Así, la topografía debería antojarse inaceptablemente simple en su preocupación por los sitios. Por su parte, la morfogénesis ha estudiado los procesos de formación y de transformación del espacio edificado, pero no suele atender al papel de ese individuo urbano para el que se reclama en este libro una etnología que, por fuerza, debe serlo más de las relaciones que de las estructuras, de las discordancias y las integraciones precarias y provisionales que de la funciones integradas de una sociedad orgánica.

El autor resume  diciendo que si la antropología urbana quiere serlo de veras, debe admitir que todos sus objetos potenciales están enredados en una tupida red de fluidos que se fusionan y licuan o que se fisionan y se escinden, un espacio de las dispersiones, de las intermitencias y de los encabalgamientos entre identidades. En él, con lo que se da es con formas sociales lábiles que discurren entre espacios diferenciados y que constituyen sociedades heterogéneas, donde las discontinuidades, intervalos, cavidades e intersecciones obligan a sus miembros individuales y colectivos a pasarse el día circulando, transitando, generando lugares que siempre quedan por fundar del todo, dando saltos entre orden ritual y orden ritual, entre región moral y región moral, entre microsociedad  y microsociedad. La antropología urbana debe consistir en una ciencia social de las movilidades es porque es en ellas, por ellas y a través de ellas como el urbanita puede entretejer sus propias personalidades, todas ellas hechas de transbordos y correspondencias, pero también de traspiés y de interferencias. El espacio público es un territorio desterritorializado, que se pasa el tiempo reterritorializándose y volviéndose a desterritorializar, que se caracteriza por la sucesión y el amontonamiento de componentes inestables. Es en esas arenas movedizas donde se registra la concentración y el desplazamiento de las fuerzas sociales que las lógicas urbanas convocan o desencadenan y que están crónicamente condenadas a sufrir todo tipo de composiciones y recomposiciones, a ritmo lento o en sacudidas. El espacio público es desterritorializado también porque  en su seno todo lo que concurre y ocurre es heterogéneo, un espacio esponjoso en el que apenas nada merece el privilegio de  quedarse.

Esta forma particular de sociedad que suscitan los espacios públicos, no puede ser trabajada por el etnólogo siguiendo protocolos metodológicos convencionales, basados en la permanencia prolongada en el seno de una comunidad claramente contorneable, con cuyos miembros de interactúa de forma más o menos problemática. La posición y el ánimo de un etnógrafo que quisiera serlo de la urbano no sería muy  distinto de un reportero, espectdor de cine...que capta un desorden en que cada uno de los fragmentos de vida doméstica que atraen su atención no alcanza nunca a acoplarse del todo con el resto (ej. La película la ventana indiscreta).

La importancia del observador de lo urbano ante sus tendencia a la fragmentación no tiene por qué significar una renuncia total a las técnicas de campo canónicas en etnografía. Se ha escrito que frente a la dispersión de las actividades en el medio urbano, la observación participante permanente es raramente posible. Pro también podrían invertirse los términos de la reflexión y desembocar en la conclusión contraria, acaso la observación participante sólo sea posible, tomada literalmente en un contexto urbanizado. Una antropología de lo urbano sólo sería posible llevando hasta sus últimas consecuencias tal modelo, observar y participar al mismo tiempo, en la medida en que es en el espacio público donde pude verse realizado el sueño naturalista del etnógrafo. El antropólogo urbano debería abandonar la ilusión de practicar un trabajo de campo a lo Malinowski, en la calle, el supermercado o en el metro, puede seguir, como en ningún otro campo observacional, la actividad social, al natural, sin interferir sobre ella.

El etnógrafo de espacios públicos participa de las dos formas más radicales de observación participante. El etnógrafo urbano es totalmente participante y totalmente observador. En el primero de los casos, el etnógrafo de la calle permanece oculto, se mezcla con sus objetos de conocimiento, los seres de la multitud, los observa sin explicitarles su misión y sin pedirles permiso. Se hace pasar por uno de ellos, es un viandante, un curioso más, un manifestante que nadie distinguiría de los demás. Se beneficia de la protección del anonimato y juega su papel de observador de manera totalmente clandestina. Es uno más. Pero a la vez que está del todo involucrado en el ambiente humano que estudia se distancia absolutamente de él. Adquiere la cualidad de observador invisible, lo que le permitae mirar e incluso anotar lo que sucede a su alrededor sin ser percibido

El segundo, hacia una antropología fílmica

El tercero, la sociedad y la nada

El cuarto, actualidad de lo sagrado y por último el quinto una niebla oscura a ras del suelo.

 

 CONCLUSIÓN:

La sociedad urbana no la conforman comunidades homogéneas, congruentes, atrincheras cada una en su respectiva cuadrícula territorial, sino los actores desconocidos de una alteridad que se generaliza. Por ello, se plantea en esta obra la urgencia de una antropología que atienda a todo lo que en una ciudad puede ser visto flotando en sus superficie, estructuras líquidas, ejes que organizan la vida social en torno suyo, pero que raras veces son instituciones estables, sino una pauta de fluctuaciones, la labor interminable de una sociedad sobre sí misma.

Una antropología así concebida sería una disciplina que estudiara los espacios públicos, esas extensiones en las que se dan todo tipo de trenzamientos y bifurcaciones, escenificaciones que no se debería dudar en calificar de coreográficas.

Su objeto: el animal público, ese personaje de múltiples rostros que pasa su tiempo desplegando ardides, confundiéndose con el terreno, aprovechando los accidentes de los paisajes por lo que transita.

Esta obra abre el camino hacia unas ciencias sociales que se ocupan de lo incierto, incalculable y oscilante que hay en la vida cotidiana, lo inconsistente y lo humano que emerge incansable e inesperadamente aquí y allá en la calle, ese umbral permeable, lábil, sin órganos, en que se puede experimentar la desolación y el desamparo más absolutos, pero en que también es posible escapar, desviarse, desobedecer, desertar y hacerlo molecularmente o en masa. Espacio público: espacio vigilado rigurosamente por todos los poderes, por ser el espacio predilecto de las emancipaciones y las estampidas. Manuel Delgado (Barcelona, 1956) es profesor titular de antropología en la Universidad de Barcelona.

 

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