DUALISMO ANTROPOLÓGICO Y LA NOCIÓN DE PSIQUE

El hombre está en el mundo comiéndoselo. El dualismo cartesiano que escindió al hombre entre su conciencia (res cognitans) y su cuerpo (res extensa) y que proclamò que sólo la primera era la sede real de lo humano, incapacitó a la filosofía moderna e incluso a ciertas tradiciones contemporáneas para advertir las formas humanas de estar en el mundo que significan las operaciones orgánicas más elementales, entre las que se encuentran la nutrición, reproducción, el movimiento y la sensación.

Si para el hombre su ser consiste, como para todos los organismos, en estar vivo, vivir es tanto como que el cuerpo “cuerpee”, por así decir, el cuerpear del cuerpo, es decir, su estar vivo. El vivir de los cuerpos vivos consiste también en hacer lo que hace un cuerpo. Por ejemplo: primordialmente comer.

El hombre está en el mundo comiéndoselo.

Está hecho de “mundo” en tanto que vivir es posible solo si come, y el comer lo hace constituirse y mantenerse. La nutrición no es una cuestión nada secundaria. Las máquinas no comen, los espíritus tampoco, solo comen los organismos vivos.

Nuestra conciencia es la de un animal muy peculiar y somos comedores del mundo, como lo son también el resto de los vivientes : “estamos hechos de los huesos de la tierra” (Tolkien)

Nietzche sugirió que la filosofía habría que hacerla tomando como hilo conductor al cuerpo y eso es tanto como aspirar a hacer filosofía del hombre en el mundo.

No hay modo de pensar al hombre en el mundo si no se lo considera realmente en su cuerpo o incluso si no se piensa que el cuerpo es la realidad del hombre.

No tenemos cuerpo sino que somos un cuerpo.

Para Aristóteles la afirmación de que el hombre es un cuerpo no excluye sino que supone lo que él llama alma, porque no hay cuerpos que lo sean sin ella.

La tesis de que el hombre es un transeúnte en el mundo y en su cuerpo no es moderna.

Platón la sostuvo casi literalmente al hilo de creencias transmigratorias. La transmigración exige que el alma preceda y subsista al cuerpo que es sólo su sede y apariencia fugaz. El alma platónica cae por efecto de una falta en su cárcel mundana que el la carne. El hombre vienen a se concebido como un presidiario en el mundo y en su cuerpo donde cumple una condena cuyo final, la muerte aparece como una liberación.

Descartes ofrece una versión moderna de este antiquísimo modo de concebir al hombre que en términos filosóficos, suele recibir el nombre de dualismo: la idea de que el hombre está constituido por dos realidades una de las cuales sirve de residencia temporal a la otra, que se presenta como la sede auténtica de lo humano.

Desde este planteamiento se vuelve problemático dar cuenta de cómo el alma está presente y  en relación con el cuerpo y porqué no puede pasar de un cuerpo a otro, sea éste humano o no.

Las uniones de un cuerpo y de un alma que no se pertenecen mutuamente no pasan de ser complejas conceptualizaciones de una cremallera ontológica.

La disociación cartesiana – y también la platónica- del hombre en dos realidades estancas entre sí, asimila inadvertidamente la forma  de concebir las relaciones entre el alma y el cuerpo a la representación imaginativa de las relaciones que hay entre un fantasma y su castillo 

A los fantasmas el castillo se les convierte en cuerpo, tal y como a Descartes la idea clásica de “organismo” se le convirtió en “mecanismo” (un castillo cibernético) y la de alma en fantasma.

Por curioso que parezca los fantasmas, o si se quiere, la concepción fantasmal del alma y de sus potencias más características como la inteligencia, tiene mucho que ver con “el yo pienso  en general “(y con el sujeto transcendental) que la filosofía postcartesiana desarrolló. Un fantasma lo ve todo, piensa desde fuera de su cuerpo y de su mundo sin que éstos lo puedan limitar o peculiarizar ya que en sentido estricto, nunca ha estado realmente “dentro”, constituyendo con él una sola realidad en el mundo.

Un alma pensada según la concepción fantasmal no sólo conoce, como un espíritu puro, sino que es lo que es sin su cuerpo.

Esta concepción también se desarrolló en algunos autores medievales, pero no se trató de una concepción fantasmal sino de una angelización del ser humano.

Ambas son concepciones espiritualistas del hombre que implican su reducción a alma y el desprecio filosófico del cuerpo y de sus operaciones vitales.

La concepción del alma y el cuerpo como si de dos realidades estancas y opuestas se tratara suele imponer un fisicalismo materialista para dar clase de la realidad que es el cuerpo y un fideísmo sobrenaturalizante para negociar los asuntos del alma y afirmar su existencia: es la oposición tan grata para el positivismo moderno, entre ciencia y creencia, entre lo público objetivo y lo privado subjetivo.

La cartografía social que sirve de correlato a esta concepción es la división del trabajo entre quienes cuidan de la salud del cuerpo y el alma: médicos y pastores.

Pero tanto la ciencia como la creencia remita a una tercer instancia: la conciencia.

Ésta comenzó siendo competencia de los filósofos, pero una vez que éstos llevaron (gracias al dualismo cartesiano) a cabo la identificación entre alma y conciencia, aquellos que  curaban el alma comenzaron a ser sustituidos por quienes curaban la conciencia, (los psiquiatras)

Todo ello sucedió bien entrado el siglo XX, sobre todo en las sociedades más secularizadas como eran la mayoría de las más avanzadas industrialmente y por lo general de tradición protestante.

En ellas el mapa de lo humano se decidió entre quienes cuidaban del soma y quienes cuidaban de la psique, todos ellos hombres de bata blanca o de diván psiquiátrico.

Se trata de la sanitarización de lo humano que  evidentemente, arrastra la patologización del contexto moderno de las ciencias y creencias sobre el hombre: nuestros arquetipos explicativos del ser humano proceden  de los saberes que nos tematizan en tanto que enfermos.

Ya a finales del siglo XX nuestro pobre fantasma ha devenido “paciente” y ya no deambula por torres oscuras y salones lúgubres de viejos castillos, sino por esterilizadas salas de los hospitales.

L hospitalización del alma o, si se quiere, su psiquiatrización ha sido también su ingreso clínico.

Desde luego todo ello pone a la antropología médica en el centro de todas las disputas antropológicas contemporáneas.

Donde la sanitarización de los modelos explicativos de lo humano, articulados según el par –“soma-psique”- no ha caído según un fondo social completamente secularizdo, o bien donde no ha sido capaz de saturar las creencias tradicionales el dualismo se ha convertido en trilogía “soma-psique-espíritu”.

Se reparten sus áreas de competencia médicos, psiquiatras y pastores. Pero el ámbito del espíritu resulta ya indiscernible de un sobrante imaginativo de la vida afectiva, psíquica o parasomática: el espíritu es par los ciudadanos de las sociedades avanzadas tanto lo que les pone en relación con Dios como con los extraterrestres, las energías astrales beneficiosas o maléficas, los otros  espíritus o las profecías del tarot y los médium.

El espíritu de los espiritualistas se parecía tanto a un fantasma que ha venido a serlo realmente.

El espiritualismo les ofrece a los positivistas el alma que más les gusta, la que confirma y asegura su hegemonía epistemológica en el campo de los saberes sobre el hombre.

La filosofía puede renegar de las antropologías del espíritu para ensayar filosofías del cuerpo de un animal que se mueve, come, copula, siente, elige, habla y al hacerlo deja suponer que piensa. Un animal que se parece mucho a un chimpacé aunque, efectivamente, no parece que sea exactamente lo  mismo.

 

Frente al espiritualismo lo obvio se abre  como una revelación: los hombres estamos en el mundo comiéndonoslo o no estamos.

Los seres vivios se comen el mundo y son devorados por el tiempo que los devuelve a su fondo inerte del que otra vez se nutrirá la vida mientras dure. “La biología, la vida orgánica, es mundo y tiempo”. (Heidegger)

Desde antiguo los hombre de otras tradiciones han utilizado la nutrición como metáfora de la vida y de la muerte.

El ciclo de la vida está compuesto de curso y recurso, de una transferencia mediada por el tiempo entre los vivos y el mundo inorgánico: la nutrición que lleva el mundo a la vida de los vivos y la desnutrición que disuelve a los seres orgánicos en el mundo que se deja comer y que come a sus hijos.

Para lo humano, lo repugnante, no es ser – barro o polvo- sino que ese barro deje de estarlo por la muerte: lo que amamos desde la hondura de nuestro ser orgánico es el mundo, este mundo en cuya consistencia material, nos alojamos entre otras formas, comiéndonoslo.

El mundo está vivo en el cuerpo de los que se lo comen.

Los vegetales son entre todos los vivos los que se las ven más de cerca con los  elementos constitutivos del universo, y por eso ellos conjugan lo uno y lo múltiple con una inmediatez que los convierte en la metafísica menos abstractas del cosmos.  El aire, el agua, la tierra y el fuego, por utilizar la antigua metáfora filosófica, están vivios en los árboles (y en los hombres) que casi literalmente también comen y son luz, tierra, agua y aire. Los hombres se parecen más a los árboles que a los fantasmas o a sus versiones sesudas, los espíritus.

Cada árbol es un haz de esos cuatro elementos, o más genéricamente, es un haz de la diversidad primordial que unida en su vida anuda al cielo y a la tierra, de modo que las diferencias primigenias, las que están al otro lado de lo orgánico, se enhebran y hasta la multiplicidad material del cosmos se expresa y se hace venerable en la unidad vital de los árboles. Los árboles ponen en comunicación lo celeste y lo subterráneo. De ahí que hayan sido objeto de culto en muchas tradiciones, y los hombres los hayan cuidado como si de algo sagrado se tratara.

Para Aristóteles los árboles (y los caracoles y las truchas etc) tienen alma. Esta tesis pone al hombre en la línea de los primates, mamíferos y hasta de los vegetales, como no ha hecho quizá ninguna otra filosofía, sirve de preludio involuntario a la fraternidad franciscana con el mundo, y tiene hoy además una imprevista consonancia con la visión ecológica del universo.

Que los árboles tienen alma significa, en terminología aristotélica, que son un cuerpo que vive según el aire, la luz, la tierra y el agua, resulta ser también el alma del mundo material., al menos una de sus versiones o apariciones de su logos.

Los árboles, pero en realidad todos los vivos son el lenguaje del mundo, su expresión..

Según la simbólica bíblica la ciencia del bien y del mal estuvo alojada, durante algún tiempo en un manzano, incluso Descartes y sus sucesores hablaban del árbol de la ciencia

La idea de “saber” guarda un antiguo parentesco con la de “sabor” y el gusto es nuestra primera aprehensión del mundo porque nuestra primera relación con él es táctil y alimenticia: bucal, por algo nos contamos entre los mamíferos. La captación más inmediata y menos reflexiva de lo bueno y de lo malo, de lo verdadero y de lo falso es el gusto.

“la aprehensión directa del bien y del mal tiene la forma de una estimación del gusto que se traduce públicamente en lo elogiable y reprochable, en  el primer discernimiento entre lo justo y lo injusto al que las filosofías platónicas y aristotélica pretenden dar justificación reflexiva” Spaemann

Por otra parte el trato con los árboles esconde algo de la disposición básica del hombre para con el mundo, ellos están ahí vulnerables, indefensos, expuestos sin posibilidad evasiva por su parte, al trato humano.

Los árboles están hechos para prosperar en la vida junto a la humanidad no dislocada.

Tal vez la historia de los árboles, de sus dificultades y penurias, de sus propiedades y expansiones, no sólo contengan traducida la historia geológica, geográfica, y climatológica del planeta, sino también aunque más secretamente la historia moral de la humanidad y de la sombra creciente de su  poder.

Al menos entre los griegos la vulnerabilidad de la vida humana, también de la vida moral, solía expresarse con metáforas vegetales.

“La excelencia humana crece como una vid, nutrida del fresco rocío y alzada al humano cielo” (Píndaro)

Así como los árboles anudan los elementos primordiales, la virtud del hombre trenza la libertad y la fortuna en una suerte quebradiza y necesaria sólo porque tenemos cuerpo.

La idea Aristotélica de que la felicidad precisa de un cierto grado de fortuna plantea, frente a la autonomía blindada de la voluntad buena pura  kantiana  propia de espíritus, que la virtud y la libertad están en el mundo nutriéndose de lo distinto que ellas, de la suerte inmerecida incluso, y sólo así crecen como una vid de frutos memorables.

 

         La polémica no es entre dualismo y materialismo; ambas son poco consistentes. Se trata más bien de alcanzar una concepción del ser humano que no sea dualista ni materialista. El dualismo es un materialismo respecto del cuerpo y un espiritualismo respecto del alma. El materialismo es una reducción. (una posición no se opone a la otra, sino que hay que evitar las dos).

 

La concepción dualista es un modo de ver al ser humano que, por lo general quiere garantizar la dimensión espiritual del hombre.

Se tiende a reivindicar que no es solo cuerpo, que hay algo más, y algo que además es la esencia misma del hombre.

Algo que no se puede confundir con la materia , ni con lo que percibimos por los sentidos, pero en lo que reside nuestra auténtica condición de seres humanos.

Se termina declarando y pensando que estamos compuestos de 2 elementos, uno material y otro espiritual, que residen juntos, y que ese residir juntos es la vida mientras que la muerte es su separación. A mi modo de ver, se trata de una concepción del ser humano que escamotea la auténtica esencia del hombre. El hecho de que es un animal, un mamífero, más concretamente, que formaliza el mundo, es decir, lo organiza. De ese modo es posible hacer una idea cabal de que somos este cuerpo que somos, y no cualquier clase de cosa que podemos imaginar.

Vivimos y somos quien somos en tanto que, cuerpo vivo y para nosotros morir es el mayor mal natural que cabe pensar. Es verdad que cabe pensar en un orden sobrenatural, pero en tanto que organismos vivos, a lo que aspiramos desde las honduras de nuestro ser es a seguir vivos.

Es más, lo que desde otro orden, el sobrenatural cristiano, lo que se promete es eso precisamente, que seguiremos vivos, y con nuestro cuerpo vivo, porque sin él no somos la persona que somos.

El hombre es un mamífero que habla, no un espíritu que habita una carne, porque eso se parece mucho, conceptualmente hablando, a un fantasma que habita en un castillo.

Es verdad que estamos compuestos de orden y de materia ordenada, pero es el orden más lo ordenado lo que da lugar al cuerpo, es decir, el cuerpo no es lo que suma al alma para dar lugar al hombre, sino que el hombre es el cuerpo vivo que es el resultado de que un orden sumamente singular haya ordenado según su singularidad en una materia.

           

 

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