PRUDENCIA, VERDAD Y CONOCIMIENTO

 

J. PIEPER: PRUDENCIA Y CONOCIMIENTO DE LA REALIDAD

 

             Podríamos señalar para centrar nuestro discurso sobre J. Pieper que éste es intelectualista (solo se actúa mal cuando no se tienen conocimientos), teleológico (el fin último es la vida eterna), eudemonista (busca la felicidad y ésta se encuentra en Dios) y, tomista (vuelve a retomar las ideas de Santo Tomás de Aquino).

 

            Por virtud entendemos costumbre o modo estable de conducta que de algún modo nos sirve de vestidura y de lugar donde habitar y que implica una cierta posesión que, en el fondo es una posesión de sí mismo. Pueden ser naturales (las poseemos sin que medie nuestro concurso), y adquiridas (logradas mediante el esfuerzo personal).

 

            El valor moral de las virtudes reside preferentemente en el carácter de deliberadas y de ser producto de la elección y acción de los sujetos.

 

            El hombre virtuoso es aquel que realiza el bien atendiendo a sus obligaciones más íntimas.

 

La virtud es la elevación del ser en la persona humana. Es, en palabras de Santo Tomás, lo máximo a que puede aspirar el hombre, o sea, la realización de las posibilidades humanas en el aspecto natural y sobrenatural.

 

                        La prudencia es el fundamento de las restantes virtudes cardinales: justicia, fortaleza y templanza. Esta afirmación expresa la concepción básica de la realidad, referida a la esfera moral, que el bien presupone la verdad, y la verdad el ser; y quiere decir que la realización del bien exige un conocimiento de la verdad. El bien es lo que está conforme a la realidad, el saber se refiere al contacto efectivo con la realidad objetiva. La prudencia, pues, garantiza la justa comprensión de la realidad y de las circunstancias en las que se desenvuelven los juicios y las acciones morales.

 

            El bien propio y esencial del hombre consiste en que la razón, perfeccionada por el conocimiento de la verdad (Santo Tomás), informe y plasme internamente el querer y el obrar.

 

            “Razón” significa para este autor una referencia o dirección de la mirada a lo real, un paso a la realidad.

 

            Por “verdad” entiende el descubrimiento y patentización de la realidad, tanto natural como sobrenatural. La realidad de la que el hombre debe hacerse cargo de forma más urgente es la de su propia vida: de cómo vivirla en el medio en que se encuentra.

 

            La “razón perfeccionada por el conocimiento de la verdad” es, por consiguiente, la facultad perfectiva (que dispone a determinarse rectamente) del espíritu humano en tanto actualizada por el conocimiento de la realidad, tanto natural como sobrenatural. La verdad debe venir dada por la realidad.

 

            Con estas palabras Santo Tomás nos quiere hacer ver que tanto la intención como la acción del hombre deben de estar mediatizadas por el conocimiento de la verdad.

 

            La prudencia es un modo de ser, hábito, costumbre que permite al hombre sopesar correctamente las circunstancias en una situación concreta para actuar adecuadamente, es decir,  la medida del querer y del obrar; pero, a su vez, la medida de la prudencia es la cosa misma, la realidad objetiva del ser.

 

            La primacía de la prudencia significa, la necesidad de que el querer y el obrar sean conformes a la verdad; pero denota la conformidad del querer y el obrar a la realidad objetiva. Antes de ser lo que es, lo bueno ha tenido que ser prudente; pero prudente es lo que es conforme a la realidad. Por otro lado equipara la verdad a la realidad objetiva.

 

            También nos indica la primacía de la prudencia que la realización del bien presupone el conocimiento de la realidad, es decir, que solo la persona que conoce cómo son y se dan las cosas podrá obrar bien. Quien no tenga conocimiento de la realidad no podrá obrar bien.

 

            La realización del bien lleva implícito la conformidad de nuestra acción a la situación real.

 

            Pero la prudencia no apunta directamente a los últimos fines (natural y sobrenatural) de la vida humana, sino que como función más característica de ésta, es su referencia al plano de los medios (capacidad de un medio para lograr un fin), que es el de la última y concreta realidad.

 

            Esta virtud es cognoscitiva e imperativa. Aprehende la realidad para luego, a su vez, ordenar el querer y el obrar, es decir, la intención y la acción. Pero el conocimiento es el elemento anterior y mensurativo, al que se subordina el querer y el obrar.

 

            La prudencia no es solo un saber informativo, sino que este saber de la realidad se transforma en acción. Consta de tres fases: deliberación, juicio y mandato (acción). El hombre sólo puede ser prudente si es capaz de deliberar bien, es decir, de elegir correctamente el camino que lleva a un fin determinado. A través de la deliberación conforma un juicio sobre la peculiar situación que se le presenta y, una vez adoptada la decisión, se encamina a sí mismo en la dirección que ha considerado apropiada.

 

            A las dos caras de la prudencia, uno de los cuales se encara con la realidad objetiva mientras que el otro mira a la realización del bien, corresponde la doble serie de requisitos de los que depende la perfección de esa virtud.

 

            El conocimiento de la concreta situación en que se mueve la acción concreta, implica, la facultad de aprehender objetivamente y en silencio la realidad, teniendo en cuenta la propia experiencia.

 

            Los más importantes requisitos que condicionan la perfección de la prudencia como conocimiento son: memoria, docilitas y solertia. Lo común a todos estos requisitos es la búsqueda de la realidad.

 

            Por memoria entendemos aquí algo más que la mera facultad natural del “acordarse”, quiere decir una memoria que es “fiel al ser”.

 

            El sentido de la virtud de la prudencia es que el conocimiento objetivo de la realidad se torne medida del obrar; que la verdad de las cosas reales se manifieste como regla de la acción. Pero esta verdad de las cosas reales se guarda en la memoria que es fiel a las exigencias del ser. La fidelidad de la memoria al ser quiere decir que dicha facultad guarda en su interior las cosas y acontecimientos reales tal como son y sucedieron en realidad. El falseamiento del recuerdo, en oposición a lo real, mediante la voluntad, constituye la más típica forma de perversión de la prudencia. Que la memoria permanezca fiel al ser es el primer requisito de perfección de la prudencia, ya que representa, el requisito que importa mayor número de riesgos. Sólo una rectificación total de la esencia humana, por la que se purifiquen las más profundas raíces del querer, puede darnos garantía de la objetividad de la memoria.

 

            En las cosas que se refieren a la prudencia nadie hay que se baste siempre a sí mismo. Por docilitas entendemos el saber-dejarse-decir-algo, aptitud que nace de la voluntad del conocimiento real (que implica siempre y necesariamente auténtica humildad). La indisciplina y la manía de llevar siempre razón son modos de oponerse a la verdad de las cosas reales. La prudencia contiene la disposición para dejarse aconsejar y hasta la actitud positiva de buscar consejo, de contrastar las propias apreciaciones; la disposición a mejorar el propio juicio y la certeza de que éste es siempre mejorable con la ayuda de los otros.

 

            La solertia es una facultad perfectiva por la que el hombre se halla dispuesto a afrontar objetivamente la realidad con abierta  mirada y decidirse por el bien, venciendo toda tentación de injusticia, cobardía o intemperancia. Sin esta virtud de la objetividad ante lo inesperado y la capacidad para hallar nuevas soluciones a situaciones también nuevas no puede darse la prudencia perfecta. Es imprudente dar ya todo por sabido y no estar atento y abierto a la novedad que toda vida humana y las circunstancias en las que se desarrolla pueden generar.

 

            La flexibilidad que acompaña a la solertia y permite dar nueva respuesta a situaciones siempre nuevas, no tiene nada que ver con la falta de carácter. La flexibilidad trabaja al servicio del verdadero fin de la vida humana, y que esos caminos siempre nuevos son conformes a la verdad de las cosas reales.

 

            Las virtudes cognoscitivas del prudente son: fidelidad de la memoria al ser, disciplina y objetividad ante lo inesperado.

 

            La prudencia contiene rasgos  y disposiciones que difícilmente el lenguaje actual podría tolerar como rasgos de prudencia. Capacidad de innovación  y de asumir riesgos, adecuación de los tiempos de la deliberación a los requerimientos de las situaciones y de las soluciones que precisan, flexibilidad y capacidad de adaptación a las situaciones nuevas, disposición constante para el hallazgo de nuevas y mejores soluciones y diligencia en la ejecución de las determinaciones adoptadas. Aristóteles sostiene que el hombre bueno y el hombre prudente son una misma realidad.

 

            Las virtudes en general no son solo para Pieper caracteres positivos de la acción moral, sino también, y especialmente, hábitos para el bien.

 

EL CONOCIMIENTO SOCRÁTICO

             En el juicio contra Sócrates, éste es acusado de sofista, de corromper a los jóvenes y de introducir nuevas divinidades.

             Para su defensa Sócrates utiliza la mayeútica (arte conque el maestro, mediante su palabra, va alumbrando en el alma del discípulo nociones que este tenía en sí, sin él saberlo), despegándose así de los sofistas. El formalismo sofístico recibe un contenido que varía con la coyuntura exterior y busca la adaptación individual a circunstancias contingentes; el método de Sócrates tiene un contenido permanente y trata de buscar lo universal. El sofista no cree en verdad objetiva alguna, y de aquí que toda afirmación valga para él tanto como su contraria y que el argumento débil pueda convertirse en argumento fuerte.

 

            En su defensa Sócrates da un sentido narrativo a su existencia, se interpreta a sí mismo. El hombre es un ser que ha de desvelarse a sí mismo, que no sabe desde su raíz lo que es porque justamente tener un velo es lo propio de un ser que se oculta a sí mismo lo que es.

 

            La idea de que uno debe conocerse a sí mismo implica por un lado que aquello que se nos incita a conocer no se nos da de forma innata y que, por lo tanto, lo que se quiere conocer puede mostrar aquello que somos o hemos sido, pero, sobre todo, aquello que podemos ser; y por otro, que la misma implicación de conocerse revela que no se sabe lo que se es, o que la consideración de conocerse lleva implícito la consideración de que posiblemente sólo se sabe que no se sabe nada.

 

            Las máximas socráticas de conócete a ti mismo y de sólo sé que no sé nada se entrelazan mutuamente, ya que quien debe conocerse a sí mismo, debe también reconocer que como mucho sólo sabe que no sabe lo que es, y si uno no sabe lo que es, o por lo menos no intenta averiguarlo, difícilmente puede llegar a entender correctamente lo que son los demás y el mundo que lo rodea.

 

            El hombre queda mejor definido como un ser que necesita preguntar que como un ser que sabe lo que las cosas son desde su comienzo. Saber que el hombre no tiene la respuesta desde su inicio implica que es en los fines y en la realización de estos fines donde se vislumbra la multitud de posibles respuestas a dicha cuestión.

 

            Contar historias, narrar, es una de las formas en las que el hombre da un sentido a la realidad y a sí mismo. De hecho, es la manera más común que el hombre tiene para interpretar y comprender la realidad: cuente cómo es, ofrece una historia, da cuentas de algo, brinda una explicación: relata.

 

            El hombre encuentra sentido al mundo con sus manos y con sus historias. Es en la acción y en el discurso donde los hombres se presentan unos a otros, no como objetos físicos, no como un qué, sino como hombres únicos e irrepetibles capaces de actuar donde antes nada se hacía, o contar historias que nunca habían sido contadas; capaces de lo inesperado, de dar una versión originaria y original de sí mismos de los demás, es decir, de aparecer en el mundo como un quién o cómo. Justamente lo primordialmente humano es tener que escribir, interpretar y actuar la historia de uno mismo y el mundo que le toca vivir sin tenerla prescrita o preescrita absolutamente con anterioridad.

 

            Las historias que nos interesan son aquellas donde se muestra al individuo como protagonista y dueño de la historia, esto es, intérprete de su propia vida.

 

            Sócrates cuenta su historia en su defensa. La acusación que se le hacía era de las que implicaban en los comentarios de la defensa de uno el camino que ha vivido para llegar a ser lo que es. Ese modelo de exposición, en el que contar lo que uno es no consiste tan sólo en explicarlo sino que en la misma explicación uno arriesga su forma de vivir, es lo que Sócrates expresó en la Apología.

 

            Allí las acusaciones no son sólo de cosas que ha hecho o dicho hace poco tiempo, sino también de sucesos y teorías de juventud, del pasado, y de presencias, gestos y actos que puede hacer posteriormente, en el futuro. Lo que allí se juzgaba no era algún acontecimiento de la vida de Sócrates, sino la vida de Sócrates. Por eso, su alegato es un justificar que le compromete por entero, ya que el tipo de narración que se da es el tipo de narración que en la explicación de su vida le va la misma, siendo lo que cuenta, no algo ajeno a él, sino el meollo que le ha permitido, que le permite, y que le permitirá vivir, a saber: la capacidad de poder decirse quién es él y cómo es el mundo y los individuos que le rodean.

 

            La realidad de que el hombre debe hacerse cargo de forma más urgente es la de su propia vida: de cómo vivirla en el medio en que se encuentra. Por tanto, la libertad no depende primeramente de la voluntad, sino de una actitud positiva hacia la vida: el hombre, para ser libre, debe en primer lugar hacerse cargo de su vida. En la medida en que no se haga cargo de su propio ser recae en las esclavitudes naturales o sociales, y para hacerse cargo de sí mismo lo primero que debe hacer es conocerse: conócete a ti mismo. Para conocerse debe ser capaz de dirigir su razón hacia sí mismo, y aquí se hace patente que la vida libre, la vida moral, sólo es tal cuando está mediada por la actividad racional.

 

            La idea de perfección humana no es unánime entre todos los hombres ni entre todas las culturas y sociedades y ni en todos los tiempos.

 

            Pero por muchas que sean las versiones que el hombre se ha dado acerca de sí mismo y de en qué consiste su realización, esa pluralidad no vuelve menos acuciante el hecho de que cada hombre se juega el éxito o el fracaso de su existencia y, en realidad, de sí mismo en el trance de tener que acertar a definir el fin de su vida y de sus obras, sabiendo que al definir algo como fin lo define también como bien y como perfección. Es decir, que cada vez que consciente o inconscientemente un hombre se mueve para conseguir un fin está dándose a sí mismo y a los demás una versión acerca de en qué consiste la perfección, el bien y la realización del ser humano.

 

            Estar expuesto a que el acierto o el error dependan de uno mismo puede hacer sentir el vértigo de la condición humana, es decir, el vértigo de un ser que es libre y que gobierna racionalmente su propia vida cuando eso implica, además, que de nosotros depende, al menos en parte, el grado de plenitud y realización con el que vamos a vivir.

            No es posible vivir sin haber definido en qué consiste para nosotros el bien, es decir, que es del todo imposible vivir sin apetecer, tender, aspirar o simplemente realizar unas cosas y no otras, y que todo ello supone que se ha tomado partido por una versión de lo humano antes que por otra, es decir, que se ha elegido por el bien y que, se ha optado por una concepción e interpretación de la vida humana.

 

            Para Aristóteles, el hombre desea el bien, es decir, desea progresar en sus excelencias y, si elige el mal, es por ignorancia o por una voluntad viciada que tiene serias dificultades para querer el bien. El bien más elevado para el hombre es ser feliz.

La excelencia es un modo de ser, un hábito, una costumbre firmemente asentada en el hombre (virtud), que consiste en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón, por aquella razón por la que decidiría el hombre prudente.

 

El concepto de virtud es la forma en que los clásicos decían realización personal. Podría traducirse virtud a lenguaje actual como perfección, lo mejor o la plenitud propia de lo humano.

 

Las virtudes son costumbres o modos estables de conducta que de algún modo nos sirven de vestidura y de lugar donde habitar y que implican una cierta posesión de sí mismo.

 

El valor moral de las virtudes reside preferentemente en el carácter de deliberadas y de ser producto de la elección y acción de los sujetos. En sentido estricto, pues, la noción de virtud cobra valor moral cuando se distingue del sentido genérico que la asocia con la idea de cualidad o inclinación indeliberada. Una virtud es, en sentido estricto, un modo de proceder que se ha estabilizado, es decir, un hábito, costumbre o perfección que se ha convertido él mismo en inclinación para el sujeto que lo posee porque éste de forma deliberada y consciente los ha desarrollado mediante la repetición de actos. En este sentido la virtud tiene la plenitud de su valor moral porque en su constitución ha mediado la libertad del sujeto y, por tanto, éste ha protagonizado conscientemente su desarrollo, reforzamiento y estabilización como costumbre operativa. Quien posee una virtud no sólo hace las cosas según se debe sino que además refuerza la inclinación a hacerlas de ese modo porque la idea de hábito o costumbre implica también a la de inclinación.

 

Para Sócrates el saber, el conocimiento es un bien participable, es decir, que no sólo no disminuye si se comparte con otros, sino que el único o el mejor procedimiento para tener más es compartirlo. El bien poseído exige y mueve a quien lo posee a su difusión, esto es, a su comunicación para ser compartido y de ese modo crecer como bien. Parece claro que el primer bien que todo ser humano posee es la propia vida y, esto significa que es nuestra primera posesión.

 

El conocimiento para Sócrates presenta dos vertientes. Por un lado la vertiente moral que la podemos ver plasmada en su célebre frase solo sé que no sé nada, que apunta al conocimiento de uno en cuanto a la realización personal; por otro, la vertiente científica, como conocimiento de cara a la verdad (realidad objetiva), que es bueno conocer se plasma en la vida de Sócrates, el conocimiento de la realidad hace a los hombres libres.

 

¿ES SÓCRATES PRUDENTE?

            La primacía de la prudencia significa, la necesidad de que el querer y el obrar sean conformes a la verdad, y denota la conformidad del querer y el obrar a la realidad objetiva. La realización del bien exige un conocimiento de la verdad, solo la persona que conoce como son y se dan las cosas podrá obrar bien.

            La virtud de la prudencia no apunta directamente a los fines últimos de la vida humana, sino que también hace referencia al plano de los medios.

            Los requisitos que condicionan la prudencia son la solertia (prontitud en la ejecución), la memoria (que es fiel al ser) y, la docilitas (dejarse aconsejar para saber más y actuar bien).

 

 

... mi completa inhabilidad oratoria (...), a no ser que llamen hábil orador al que dice la verdad.

Nada de lo aludido es verdad si escucháis decir a alguien que yo me dedico, mediante estipendio, a instruir a los hombres...

Desde el primer momento, Sócrates quiere desmarcarse del modo de reflexionar y debatir de los Sofistas. Ellos enfocaban, pensaba Sócrates, sus batallas dialécticas no con el objeto de convencer sino de vencer no importando el modo y, por ello, gustaban de la elaboración de seductores discursos. No se puede olvidar que Gorgias definía la oratoria como el arte de la seducción.

En su defensa Sócrates, rechaza hacer uso de la demagogia, el sentimentalismo o el engaño.

 

 

... haced caso omiso de mi modo de hablar, (...) y examinad esto: si mis palabras se avienen con la justicio o no se avienen, ya que es esa la virtud del juez, como la del orador es decir la verdad.

Para los atenienses era conocida la fama de Sócrates como gran conversador dialéctico. Se esperaba un gran espectáculo. Sócrates, sin embargo, no responderá en este juicio a las expectativas teatrales que muchos esperaban, y de ahí el creciente enfado e irritación de la multitud en su contra.

Rechaza cualquier tipo de ayuda en su defensa y la realiza él personalmente, usando como única arma la verdad, la razón y la dialéctica.

Suele decirse que la verdad ofende. Pues bien, el proceso seguido en contra de Sócrates parece responder claramente a esta afirmación. Sócrates, decide huir del espectáculo y contar lo que él considera la verdad que explicaría él porque se encuentra en el banquillo de los acusados: la envidia despertada por su manera de actuar en el ámbito de la Polis; su diferente concepción de los valores éticos y políticos presentes tradicionalmente en el mundo griego.

Tanto las intenciones como las acciones de Sócrates durante su vida, estarán mediadas por el conocimiento de la verdad. Este conocimiento de la verdad será para él la realidad objetiva y, solo una persona que conoce la realidad puede obrar bien.

 

 

...preguntó si había algún hombre más sabio que yo. (...) respondió que no había nadie.

¿Qué quiere decir el dios (...) al sostener que yo soy el más sabio de los hombres?.

Me dediqué a descifrarlo, (...), mientras que yo, así como no sé nada, tampoco creo saberlo.

Sócrates se interpreta a sí mismo. La vida, para él, es una búsqueda constante para conocerse a sí mismo y de esta manera intentar reconocer el mundo que le rodea.

El conocimiento no solo es algo infuso o sobrenatural que nos viene impuesto sino que tiene una vertiente en la que hay que adquirirlo, y  es ahí donde la virtud de la prudencia tienen su máxima expresión, como hábito o costumbre que permite al hombre pensar y actuar conforme a la verdad, al bien y, al conocimiento de la realidad objetiva.

 

 

..., según la ley, hay que hacer venir a los que están faltos de castigo  y no de enseñanzas.

Solo la persona que conoce cómo son y se dan las cosas podrá obrar bien. Quien no tenga conocimiento de la realidad no podrá obrar bien. La realización del bien lleva implícito la conformidad de nuestros actos con la realidad objetiva.  

 

 

... todo mi interés está en no cometer ninguna acción injusta ni impía.

La prudencia es una virtud que aprehende la realidad, conoce la realidad para luego actuar de manera apropiada, es decir, realizando el bien.

 

 

... casi estoy seguro que con estas mis palabras me estoy granjeando enemistades, lo cual es precisamente una prueba de que digo la verdad,

Estás en un error, amigo mío, si crees que un hombre que valga algo, por poco que sea, ha de pararse a considerar los riesgos de muerte, y no ha de considerar, solamente, cuando obra, si lo que hace es justo o no lo es y si es propio de un hombre bueno o de un hombre malo.

... yo no puedo ceder ante nadie por temor a la muerte en contra de la justicia, y que soy capaz de morir antes que ceder.

..., buscar el modo de rehuir la muerte apelando a cualquier medio.

En todas estas exposiciones de Sócrates a lo largo de su discurso observamos como rasgo de la prudencia la capacidad de asumir riesgos aún a costa de la propia vida. Sócrates afirma que es absurdo el temor a la muerte. Acepta su destino: morir aún a sabiendas de que ha sido condenado injustamente.

 

 

...me temo que no sea esto lo difícil, rehuir la muerte, sino que resulte mucho más difícil escapar de la maldad, (...). Y así como yo ahora partiré de aquí condenado por vosotros a la pena de muerte, estos marcharán acusados por la verdad de maldad e injusticia.

Sócrates afirma que si tuviera que prescindir del ideal de búsqueda de la verdad, a partir del examen de uno mismo, entonces la vida no merecería vivirse. Contrapone muerte y maldad para señalar que no está dispuesto a huir de la muerte a cambio de no evitar la maldad, que para él consistiría en traicionarse a sí mismo, a Dios y a la Polis.

Sus acusadores, han logrado que Sócrates no escape de la muerte pero ellos mismos, sin embargo, no han podido evitar la maldad, a partir de la realización de una acusación injusta que les acompañará toda su existencia. Su vida será acusada por la verdad.

 

 

... el mayor bien para el hombre cosiste en hablar día tras día acerca de la virtud (...). la vida sin tal género de examen no merece ser vivida,...

Sócrates, tanto en sus conformaciones teóricas como en su actitud vital, es prudente según la tesis de J. Pieper.

 

¿QUÉ TIPO DE CONOCIMIENTO ES LA PRUDENCIA?

             El conocimiento al que hace referencia la prudencia es un conocimiento de la verdad a través de la búsqueda de la realidad objetiva. Esta verdad supone un conocimiento de la realidad.

 

Podemos decir que esta virtud es cognoscitiva, es decir, aprehende la realidad para luego poder actuar y, actuar realizando el bien. Por lo tanto, no apunta directamente a los fines sino que, para la consecución de éstos, tiene en cuenta los medios a través de los cuales los alcanza.

 

Nos gustaría acabar esta exposición haciendo referencia a que la verdad tiene como característica que siempre es prudente.

  

BIBLIOGRAFÍA

 

Etica y Deontología Profesional. UCAM. Murcia. 2000.

 

PIEPER, J.: Las Virtudes Ed. RIALP. Madrid. Cap. La Prudencia.

 

PLATON: Obras Completas. Ed. Aguilar. Madrid. 1986. Cap. Defensa de Sócrates.

 

 

 

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