EL PARTICULARISMO PARA ORTEGA Y GASSET

 

Este ensayo se plantea como una síntesis de ideas de fuerza, un ensayo de ensayos que  se sitúa en el año 1.922. En la introducción nos explica el autor por qué su planteamiento no es pesimista sino real señalando que “la observación visual que solemos padecer en las apreciaciones del presente español queda multiplicada por las erróneas ideas que del pretérito tenemos” ni fuimos tan estupendos ni ahora somos tan malos. Nos indica así mismo que las meditaciones sobre sociedad, política, historia deben estar regidas por el principio Eadem sed aliter: las mismas cosas sólo que de otra manera.

 

El motor del pensamiento de Ortega no es otro que su meditación continuada e intensa sobre los problemas de España, para entender la historia de España es necesario ponerse a su compás. Para el autor, la historia es un proceso dinámico que nos permite ver el período formativo y ascendente de una nación (que consiste en una progresiva incorporación), y la historia de una desintegración. Toda unidad nacional, pues, habría de ser entendida no sólo como una coexistencia interna, sino como un sistema dinámico.

 

Nos señala el autor que en España de 1580 hasta el día actual lo que sucede es decadencia y desintegración. El proceso incorporativo va en crecimiento hasta Felipe II. El año vigésimo de su reinado se considera la divisoria de los destinos peninsulares. Hasta su cima, la historia de España es ascendente y acumulativa; desde la cima hasta la actualidad la historia de España es decadente y dispersiva. El proceso de desintegración va en riguroso orden desde la periferia al centro.

En 1900 se empieza a hablar de regionalismos, nacionalismos, separatismos. En palabras de Ortega, “se arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas caducas”. El proceso incorporativo consistía en una forma de totalización: grupos sociales que eran todos aparte, quedaban integrados como parte de un todo. Partiendo de la consideración de la historia como un proceso continuo, entiende la construcción nacional como un “vasto sistema de incorporación”, en el que unidades sociales preexistentes se organizan en una estructura nueva, en el que una fuerza central mantiene unida la estructura. Esta fuerza central no sería otra cosa sino “un proyecto sugestivo de vida en común”, para lo cual tiene tanta validez el convencer como el obligar. Esta estructura, para mantener un equilibrio, necesita a su vez de una fuerza de dispersión que actúe como un “estímulo funcional”, de cara a que esa fuerza central no se atrofie. La desintegración es el suceso inverso: las partes del todo comienzan a vivir como todos aparte, a este proceso Ortega le llama particularismo. El autor señala que el carácter más profundo y más grave de la actualidad española es precisamente ese particularismo.

 

La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás. Situaciones de dificultad que en tiempos de cohesión son fácilmente soportadas, parecen intolerables cuando el alma del grupo se ha desintegrado de la convivencia nacional. Por ello, es característica de este estado social la hipersensibilidad para los propios males.

 

Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como oír a vascos y catalanes decir que son pueblos “oprimidos” por el resto de España. La situación privilegiada que gozan es tan evidente que parece grotesco esta queja. Pero a quien le interese no tanto juzgar a las personas como entenderlas, le importa más pensar que ese sentimiento es sincero por muy injustificado que parezca. Y es que se trata de algo puramente relativo.

 

Como hemos señalado, la esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte y en este sentido podemos decir que existe en toda España pero está modulado de forma diferente según las regiones. En Bilbao y Barcelona ha tomado un cariz agresivo; en Galicia adopta la fisonomía de un sordo y humillado resentimiento. Sin embargo preocupa mucho el nacionalismo afirmativo de Cataluña y Vasconia y no causa pavor el escepticismo nacional de Galicia o Sevilla.

 

El objetivo o propósito de esta obra es corregir la desviación en la puntería del pensamiento político actual, que busca el mal radical del catalanismo y vizcayanismo en Cataluña y Vizcaya, cuando no es allí donde se encuentra. Para el autor no hay duda de que cuando una sociedad se consume víctima del particularismo, puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse particularista fue precisamente el poder central, señalando el autor que Castilla ha hecho España y Castilla la ha deshecho. Las ideas incitantes se han vuelto tópicos. No se emprende nada nuevo, ni en lo político, ni en lo científico ni en lo moral. Toda la actividad se emplea precisamente “en no hacer nada nuevo”, en conservar el pasado.

 

Castilla se trasforma en lo más opuesto a sí misma, se vuelve suspicaz, agria. Ya no se ocupa de potenciar la vida de las otras regiones; celosa de ellas las abandona y empieza a no enterarse de lo que les pasa. Por otra parte, “si Cataluña y Vasconia hubiesen sido las razas formidables que ahora se imaginan ser, habrían dado un terrible tirón de Castilla cuando ésta comenzó a hacerse particularista, es decir, a no contar debidamente con ellas”.       

 

Analizando las fuerzas que han actuado en la política española durante cientos de años se observará claramente su atroz particularismo. Se han elegido personas (Monarquía) tontas en vez de inteligentes y esto demuestra que no se quiere hacer nada. Cuando realmente queremos emprender algo se intenta buscar a las  personas más capaces para hacerlo. Sin embargo, el poder político en España ha ido triturando la convivencia  española y ha usado de su fuerza nacional casi con fines privados.

 

            Todo esto nos ha llevado a que en España la gente se pregunte ¿para qué vivimos juntos? Porque vivir es algo que se hace hacia delante, es una actividad que va de este segundo al inmediato futuro. No basta para vivir la resonancia del pasado y mucho menos para convivir.

 

Otra pregunta qué se hace el autor es qué nos propone el poder público para hacer mañana en entusiasta colaboración?. Y nos indica que desde hace mucho tiempo el poder público pretende que los españoles existamos no más que para que él se de el gusto de existir. Por eso, nos comenta, “España se va deshaciendo; hoy ya es, más que un pueblo, la polvareda que queda cuando la gran ruta histórica ha pasado galopando un gran pueblo...”

 

Lo más importante de los regionalismos es saber lo que tienen en común. Nos señala también el autor que es necesario analizar de manera preferente la forma de un particularismo más general existente en toda España: “El particularismo de las clases sociales” que nada tiene que ver con las provincias, regiones o etnias ya que nos dice que las clases sociales o los grupos profesionales no podrían subsistir aislados. Por esto, el particularismo de clase y de gremio es un síntoma de descomposición mucho más grave que los movimientos de secesión étnica y político-territorial. Habrá salud nacional en la medida que cada una de estas clases y gremios tenga viva conciencia de que ella es meramente un trozo inseparable, un miembro del cuerpo público. No es necesario ni importante que las partes de un todo social coincidan en sus deseos e ideas, lo importante es que conozcan cada una, y en cierto modo viva, los de las otras.

 

Tal es el particularismo de clase, mucho más grave para el autor que los movimientos de secesión étnica y territorial, que  “hoy es España, más bien que una nación, una serie de compartimentos estancos”. Se dice que los políticos no se preocupan del resto del país y esto, que es verdad, es sin embargo injusto porque parece atribuir exclusivamente a los políticos tal despreocupación. La verdad es que si para los políticos no existe el resto del país, para el resto del país existen mucho menos los políticos. Y lo mismo podría decirse del aristócrata, del industrial o del trabajador respecto de las demás clases sociales. Cada gremio vive herméticamente cerrado dentro de sí mismo. Difícil será imaginar una sociedad menos elástica que la nuestra; es decir, difícil será imaginar un conglomerado humano que sea menos una sociedad. 

 

El  particularismo en todos los ámbitos de la sociedad propicia lo que Ortega llamó la “acción directa”, es decir, la imposición por parte de cada grupo de su propia voluntad, con el convencimiento de que son solo ellos los que conocen la realidad social y también las soluciones a los problemas planteados, considerando a los demás grupos sin derecho a una existencia política.

 

En el libro refiere el autor que bajo el nombre de particularismo y acción directa, ha procurado definir las características de estos fenómenos profundos de disociación que constituyen verdaderamente una enfermedad muy grave del cuerpo español. Estas reflexiones escritas hace muchos años, creo que pueden ser transportadas perfectamente a la situación actual, donde se siguen arrastrando los mismos problemas, agudizados con los pasos dados por el Partido Nacionalista Vasco y Convergencia y Unión en Cataluña, en la búsqueda de algo más que su estatuto de autonomía.

 

 

Bibliografía.-

 

Ortega y Gasset, J. (1999) España invertebrada. Madrid, Espasa (Col. Austral).

Manual de Antropología Política. UCAM, 2001.

 

 

            Volver a Antropusi            Volver a Portada