FRANKENSTEIN O EL MODERNO PROMETEO

  

Introducción.-

  

           Mary Shelley, encontrándose de vacaciones el verano de 1816, cerca del lago Leman en Ginebra, concibe su obra cumbre “Frankenstein o el moderno Prometeo”. Durante unos días en los que la lluvia no invitaba a salir de casa, se reúne con varios amigos y su marido en torno a la chimenea, en estas reuniones cuentan relatos alemanes de fantasmas y como un juego deciden apostar sobre quien escribirá el mejor cuento de terror de todos ellos, además de su esposo Percey Shelley, se encontraban con ella Lord Bayron y Polidori, el último de ellos considerado el padre de los vampiros literarios. Tras mejorar el tiempo, todos olvidaron el desafío menos Mary, cuyo relato vio la luz dos años más tarde.

 

            Influenciada por las teorías de Erasmus Darwin sobre la evolución de la materia inerte, la de Galvani sobre la carga eléctrica que poseen todos los organismos animales y los experimentos de Volta con la carga eléctrica de su pila que produce contracciones musculares incluso en los cadáveres, todas ellas publicadas a finales del siglo XVIII y principios del XIX, concibe la novela al amparo del movimiento romántico propio de la época.

 

            En el desarrollo de la obra, observamos que al igual que Prometeo fue castigado por Zeus, Victor Frankenstein es castigado por su osadía al querer jugar a ser Dios creando un ser monstruoso de miembros y restos de cadáveres, empleando para darle vida inventos de la época e ideas de viejos alquimistas como Cagliostro.

 

            Nada más cobrar vida, el creador abandona su creación tras sentir repugnancia al contemplar su obra en el momento que abre los ojos al mundo[1]. El monstruo abandonado a su suerte, vaga por el mundo sintiéndose solo y repudiado por todos los seres humanos que encuentra en su camino, a los que causa terror. Refugiado en un cobertizo junto a la casa de la familia De Lacey, pude ver a través de una grieta, como se relacionan, cuáles son sus emociones y  sus dificultades, y observándoles aprende el lenguaje  hablado y escrito. Adquiere también la autoconsciencia al comparar su vida con las de esas personas, y se da cuenta de que quiere relacionarse con aquella gente a la que tanto admira. Se prepara para el encuentro con el ciego señor De Lacey, pensando que al no poder verlo se esfumaran los condicionantes que el resto de humanos tienen hacia él por sus rasgos físicos. Desgraciadamente en mitad del encuentro aparece el resto de la familia a la que causa un tremendo horror y se esfuma el sueño. Su ira y desesperación se vuelven hacia su creador asesinando poco a poco a su familia y amigos. Desesperado Victor Frankenstein persigue al monstruo por medio mundo para acabar con él, cerca del polo norte muere el creador y su creación le llora, prometiendo inmolarse antes de ser tragado por la niebla. Como buen personaje de novela romántica, el monstruo es dueño de su muerte y elige como y donde quiere morir[2].

 

            Los temas de reflexión que sugiere la obra son numerosos, el mito de la creación, los horrores de los avances científicos que no tienen en cuenta sus repercusiones posteriores, el buen salvaje y la corrupción de la inocencia, la creación y destrucción de nuestros propios monstruos, y la descripción de la similitud con lo humano que sin embargo no lo es. También la capacidad de crear vida sin la colaboración de una mujer, hay que recordar que Víctor Frankenstein trabajó en la creación de su "hijo", hasta que Finalmente en una "asfixiante noche de Noviembre se produjo el "nacimiento. Otra lectura es que Frankenstein bien puede representar el clásico caso de rechazado y maltrato, M. Shelley sugiere que un niño rechazado y nada mimado puede convertirse en un asesino, especialmente de su propia familia, apoyándose en  las ideas de Rousseau, en particular la del hombre natural, y las teorías de Hartley y Locke sobre el desarrollo y la educación de la criatura.

 

La noción de cuerpo de la novela, desde el planteamiento de lo humano en la Grecia clásica, se encuentra en la propia creación del monstruo con fragmentos de materia inerte, que mediante los adelantos de la ciencia se le otorga la vida, transformándose en un cuerpo vivo y dotado de psique, se le da la humanidad proporcionándole la capacidad de sentir, de aprender, de interiorizar, de evocar. Para muchos filósofos de la Grecia clásica, la principal característica del ser humano es la que existe entre los seres vivos y los inertes. Aristóteles liga el alma a la vida no a la autoconciencia, la cuestión crucial no es la inteligencia reflexiva o la capacidad de pensar sobre si mismo.

 

Nosotros nos centramos en el planteamiento que nace de la consideración del cuerpo no bajo la perspectiva de cada cuerpo individual, sino desde la consideración de los grupos o de la historia en la que los seres humanos se encuentran y dentro de los cuales llegan a madurar. Así pues desde esta perspectiva, el cuerpo humano se ve desde su dimensión social e histórica, el modo en que los organismos humanos se relacionan consigo mismo y con el mundo varía de grupo en grupo social y cambia a lo largo de la historia, ya que estas relaciones están mediatizadas culturalmente. La criatura no es inherente monstruosa sino que la cultura en que ha sido creada es culpable de su monstruosidad.

 

El monstruo se va acercando más y más a las distintas definiciones del ser humano, que con la evolución histórica del concepto hemos ido construyendo, hasta llegar al punto en el que por incapacidad de relacionarse socialmente y no poder pertenecer a una cultura, se desmarca de lo humano apareciendo lo más inhumano de su ser.

 

            El engendro creado por Victor Frankenstein, adquiere conciencia de su ser tanto físico (mirándose en un charco dejado por la lluvia, su extraordinaria fuerza), como psicológico a través de una abertura en el cobertizo que ocupa, por la que puede ver como se relaciona cada uno de los integrantes de la familia De Lacey, y se va haciendo consciente de las virtudes y defectos de la humanidad. Aprende el lenguaje hablado y escrito, se prepara mentalmente para intentar un acercamiento a la familia y mientras les ayuda como puede proporcionándoles leña y algunos elementos básicos que la familia se encuentra por sorpresa. Llegado el momento del encuentro, no puede evitar que la familia le vea antes del momento que tenía pensado y le echan de la casa. La criatura tan solo puede considerarse humano exclusivamente en su variable individual, según la concepción mecanicista que sostiene Robert Lowie, en la que los sentidos, establecen su conexión con el mundo, aunque no consigue ser aceptado por el resto de la sociedad humana y por lo tanto no se integra en ella[3]. “Permanecí en el cobertizo el resto del día, en un estado de completa desesperación. Mis  protectores se habían ido, y con ellos el único lazo que me ataba al mundo. Por primera vez noté que sentimientos de venganza y odio se apoderaban de mí y no podía reprimirlos”.

 

            El ser se autointerpreta ante el anciano y ciego De Lacey cuando le cuenta su historia y sus pesares, para que el conocimiento de este, le conduzca a relacionarse con su familia sin problemas. También se autointerpreta ante Victor Frankenstein cuando le cuenta sus vivencias entre los humanos, haciéndole culpable de su situación. Todos le rechazan por su físico, si consideramos esto desde la perspectiva de la exterioridad subjetiva, el monstruo al verse rechazado por la sociedad, rechaza la vivencia que ha ido adquiriendo de su propio cuerpo, y se siente a sí mismo como algo horroroso y despreciable. La cultura y la sociedad que le rodea le da la información que lo vincula a relacionarse con los demás, pero al sentirse despreciado, rechazado, su conducta se vuelve agresiva y llena de maldad. Lo que pudo ser y lo que realmente es, no solo ha sido condicionado por lo biológico y lo psicológico, sino también y decisivamente por lo social y lo cultural[4].

 

            El monstruo repudiado por  todos y solo, llega a la conclusión de que la única forma de encontrar el equilibrio, es relacionarse con alguien parecido a él, convencido de no poder vivir entre los humanos, porque no lo es en la medida que los otros no lo reconocen como tal, pide a su creador que le proporcione una compañera con sus mismas características, con la que poder hablar, sentir emociones, compartir la vida, ser feliz, amenazando a Victor Frankestein con los mayores sufrimientos que un ser humano conociera jamas si no lo hace. El creador, que en un principio accede, se retira a un lugar remoto a realizar su segunda obra y tras reflexionar, con la creación casi terminada, de las posibles consecuencias de un segundo error, la destruye a los ojos del monstruo que mira por la ventana con consecuencias terribles.

 

Con el fracaso en su relación con los humanos, el engendro adquiere una doble identidad, por un lado encontramos al ser creado inocente que va descubriendo su corporalidad y su racionalidad, su afectividad, su identidad primaria. Por otro lado, en su soledad y desesperación al ser rechazado por todas las personas que encuentra en su camino, se transforma modificándose su identidad, en un ser cargado de odio y rencor, cuyo único objetivo es vengarse de Victor Frankenstein su creador.  De alguna forma en esta obra, también Jeckyl se transforma en Hyde al ingerir la poción del rechazo, el aislamiento y la desesperanza, y solo vuelve a ser Jeckyl cuando su creador a muerto y reflexiona sobre sus acciones.

 

              



[1] Shelley, Mary. Frankenstein o el moderno Prometeo. Alianza editorial. Madrid 1999. Pág. 75

[2]                                                                                                               270, 271.

[3] Manual de Antropología Filosófica. UCAM, 2001.

[4] Manual de Antropología Filosófica. UCAM, 2001. Pág. 32

 

 

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